jueves, 5 de mayo de 2011

Za!: en la aldea cósmica del caos no hay error



Edu Pou (Spazzfrica Ehd) y Pau Rodríguez, (Papa duPau) han decidido dejarse llevar por el pulso del caos y como si fueran émulos musicales de Borges, crear su Aleph particular donde confluyan pasado, presente y futuro en un mismo plano. Za! es sinónimo de libertad total, de desenfreno, llevado con sentido del humor y un poco de nociones ecologistas.
Megaflow –su segundo disco- emana notas mutantes, sonidos estridentes sin patria ni bandera. Juntos hacen algo que descoloca a la crítica tradicional, que ha recurrido a etiquetarlos como: primitivismo futurista o post-world music. Se recurre al lenguaje conocido para nombrar aquello que traspone la lógica simple. Y es que el recurso se justifica cuando la pareja expone lo que llegan a concentrar: "En una misma canción de este disco tocamos fado, nu metal, punk ruidoso y un jazz muy reflexivo, pequeñas versiones de grupos imaginarios".
Dignos herederos de Frank Zappa, estos catalanes no son unos recién llegados. Ya en 2009, con su debut Macumba o Muerte se colocaron como segundo mejor álbum del año y uno de los mejores de lo que va del siglo XXI, según la influyente revista española Rockdelux.
Megaflow descoloca, interroga, increpa… esas son su virtudes; se desplaza de lo conocido, se adentra en territorios musicales ignotos. Si volvemos e insistimos en el universo borgiano y su manipulación del tiempo, no encontraremos tan extraña la manera en que trabaja esta mancuerna: “El pliegue espaciotemporal permite que lo experimental se pueda cantar en el baño, que el ruido tenga estribillo y que las "músicas del mundo" se toquen con tres distorsiones y la guitarra pasada por dos amplificadores distintos”.
Pau estudió nociones básicas de trompeta y Edu dominó la batería casi de forma autodidacta. Lo que no les impide manipular gran cantidad de instrumentos –incluso en el directo-. Entre los dos –tras la partida del bajista Alberto Alegre rumbo a Camboya- montan y dirigen su orquesta freak, que parte se segmentos estructurados previamente pero que da mucho espacio a todo tipo de improvisación.
Uno de sus aciertos ha sido evitar que tal saturación de elementos se desparrame y pierda cohesión. No en vano llevaron el material grabado en España con Santi "MuerteMuerteMuerte" García para que fuera masterizado por Jeff Lipton, colaborador de Arcade Fire, Battles y Lightning Bolt. De allí el caos salió potenciado y rozando altas cotas de calidad de audio.
Acerca del secreto que habita en un álbum –editado por discográficas de tres países simultáneamente- la pareja explica en el Blog del sello Acuarela que: “radicaba en un agujero de gusano cósmico donde lo más probable es que todo encaje, donde Frank Zappa se marca un solo encima de los Animal Collective cantando en modo hooligan, donde la Orchestra Baobab de Senegal toca gamelan tomando prestados los instrumentos de los Boredoms, mientras Super Mario coge una estrella y corre desnudo por el museo del Cairo”.
De hecho, han tratado de que la gente interactúe con sus creaciones, en la instalación homónima que hicieron en la Fundación Joan Miró de Barcelona, los visitantes pueden manipular los temas y modificarlos a su gusto. Precisamente, el aspecto de la improvisación es algo que inquieta a la prensa europea; Za! simplifican el proceso –que también exploran en el proyecto alterno conocido como La orquesta del caballo ganador-: "Llevamos partes cerradas, más complejas, hasta que uno hace una señal, un riff, un acorde, lo que sea, y llega el momento de la improvisación. Tanto en el estudio como en directo. Hablamos de improvisación conducida, a la manera de Butch Morris, un tío que venía del free jazz y que se inventó un sistema de señales para conducir toda una orquesta, indicando simplemente texturas, volúmenes o tipos de sonido".
Para desenmarañar un poco todo el entuerto la portada del disco hace las veces de un mapa conceptual en el que el grupo construye una especie de biografía reconociendo influencias a modo de un sincero homenaje.
En apenas 46 minutos, Megaflow (Acuarela/Gandula/Discorporate Records) ofrece una experiencia alucinante y alucinada que recién han mostrado en el South By Southwest de Austin, Texas, y de regreso en Europa por Alemania, Inglaterra y Portugal. En ambos lados del Atlántico pudieron constatar ese fluido crepitante de free jazz, noise rock, metal, música clásica y folk psicodélico. Influencias divergentes que se aglutinan con el ánimo carnavalesco de Za!: "No entendemos por qué se asocia lo experimental siempre a lo serio, a lo trascendente. Se trata de probar, divertirse".
Pero medios y escuchas insisten en obtener una respuesta simple y comprensible del concepto de Megaflow; un acto tan nimio en el que no suele caer la pareja. En sentido contrario repiten que se trata de un lugar mental: “Es justo ahí donde se encuentra el Mundo Estrella, un estadio bidimensional formado solamente por seres que disfrutan y bendicen cada día las bondades que nos ofrece PachaMadreTierra. Camaradas, gritad nosotros y simulen un delay a lo King Tubby: ¡WAH!... Wah! wah! wh! w!”. Una reverberación que se va extinguiendo con la certeza de que en la aldea cósmica del caos no hay error.

sábado, 19 de marzo de 2011

¡Que se mueran los hipsters!


Los desplantes provocados por la coyuntura mediática, la moda y el raquítico derivado de la vanguardia a lo que ahora llamamos “tendencia”, ciertamente provocan algo de repeluz, nauseas o comezón ideológica. También es innegable que a los sociólogos de última generación les encanta seguir subdividiendo al colectivo social en tribus urbanas cada vez más específicas.
Allá ellos, pero cuando esos cazadores de modas pasajeras llegan a afirmar que ahora en nuestra escena padecemos de males endémicos de otras regiones del mundo ponen sobre la mesa un debate al menos fastidioso y molesto. Mucho se lo deberían pensar al recordar que bastaron unas cuantas notas a tope de rating para que algunos emos resultaran tundidos por ciertos intolerantes. ¿Ahora resulta que en la escena músico-cultural mexicana estamos rodeados de hipsters? ¿Será un asunto estrictamente chilango o habrá hispsters mayas, chuntaros, tuzos o charros?
Lo que debemos acotar con firmeza es que tal estereotipo debía de seguir circunscrito a Nueva York y su área metropolitana. Allá inventaron el término, en tal sitio les sirve y su contexto cultural lo explica y sostiene. ¿Quién les recomendó que copiaran tal concepto y lo asentaran en tierra azteca?
Y es que en estas cuestiones socio-culturales nunca parece existir a quien echarle la culpa, pero en esta ocasión ocurre que al menos en Norteamérica el que esta palabra regresara a la jerga juvenil se lo debemos al menos a dos hombres con influencia comercial y de medios.
Uno de ellos es el responsable de las tiendas American Apparel: Dov Charney, instigador de una marca que pretende explotar un estilo de vida bohemio, “alivianado”, intelectual pero con poder adquisitivo, y el otro es Gavin McInnes, fundador de la revista Vice, acaso la publicación que inventó todo esto y que enarbola los mismos adjetivos entorno a la idea de: ser avant garde pero con billete, aquí no caben los hippies… por pobres.
A estos creativos les debemos el retorno de un término acuñado en 1957, por Norman Mailer en su ensayo The white negro. En aquel entonces aquellos urbanitas blancos se esmeraban en apropiarse de la cultura afroamericana y desplazarse del dominio de los WASP (blancos, anglosajones y protestantes). En tal contexto apareció la beat generation, a los que no les cuadró el calificativo. Algún crítico atento les colgó la etiqueta estirando alguna frase suelta de una entrevista.
Unos años después el sueño revolucionario terminó y casi nadie tuvo presentes a los hipsters, aunque siempre los hubo. Allá les cuelgan el milagrito a los que están atentos a todo lo último y lo hacen suyo, cuando acá resulta que se aplica para sustituir al calificativo de poser, de alguien que es un posado, un impostor, un mero copista de las modas, del hype. Y claro que hay muchísimos pero ¿qué necesidad había de decirles hipsters?

Entre la banda de por estos lares ya les colgaban el epíteto de wannabes, mientras que en España les llaman simplemente: modernos. Y es que en todos lados nadie quiere que se le llame de tal manera, ninguno se quiere subir al barco. Es un movimiento sin militantes. Nadie acepta abierta y orgullosamente ser un hipster.
El caso es que en pos de caracterizar a uno de ellos habrá que señalar que en su mayoría son gente urbana que crítica a las sociedades contemporáneas (aunque se alimenta de ellas), que son coolhunters (cazadores de tendencias), que buscan tomar lo más excéntrico de la moda (comida vegetariana, ecologismo, filosofías orientales). Habrá que precisar que no son precisamente jóvenes sino más bien se niegan a envejecer conservándose siempre en lo in.
En el caso de Norteamérica se trata de un fenómeno que no es nuevo y al que se viene rastreando desde antes del cambio de siglo. Incluso Mark Greif, editor de la revista n+1, ha contribuido a generar análisis más serios a través del libro What was the hipster? Valga subrayar que se trata de una óptica que aborda el tema desde una perspectiva de pasado.
Este periodista concentra en Nueva York el génesis de tal fenómeno: "Mi abuela vivía en el Lower East Side cuando en 1999 empezaron a venir los hipsters; se alegró. Con ellos venía más policía y calles limpias. Para ella eran monos. Jamás pensó eso de los punks. No le gustaba ni la palabra".
Se entiende entonces que no se trata de una variante de la contracultura sino de una derivación del marketing alternativo. Para el ensayista Eloy Fernández Porta, autor de Homo Sampler, no es complejo entender la situación, dado que: "Los modernos han sido las tropas de choque de la gentrificación, son los hijos del neoliberalismo, de la victoria definitiva de la sociedad de consumo. Están fuera del sistema esperando poder entrar. En su comunidad hay más coolhunters o diseñadores que músicos y poetas".
Ser hipster –aunque muchos lo nieguen- es sinónimo de oportunismoy hoy día parece que nadie los acepta. Existen blogs como Look at this f*cking hipster o camisetas con la frase: "Odio a los modernos”. Para Fernández Porta no son un grupo escaso: “No son como los punkis, hippies o incluso emos que al lustro de su nacimiento pasaron a ser secundarios en el mapa sociológico. Los hipsters son casi una casta”.
En tierra del Tío Sam juran contar con su escritor neo-hipster: Dave Eggers. Y en un tirón han colocado en la palestra a la tendencia pastoral de bandas como Fleet Foxes. En lo que respecta a México la cosa sería juzgar que en realidad el país se concentra en las expresiones del mal gusto. Basta con checar la música que impera, el tipo de estética que las televisoras imponen, la incultura masiva, es decir, el imperio absoluto de lo naco; entonces deberemos de preguntarnos: ¿preferimos que todo se quede como está o es opción elegir una nación de hipsters?
Cómo sea, ahora los hipsters están aquí –llenando bares y conciertos-, ¿deberemos de cuidarnos de ellos más que de el dengue, la malaria o cualquier otro virus mutante? No parecen existir señales que la versión nacional de estos posados se encuentre en vías de extinción sino todo lo contrario; ¿será momento de desear que se mueran los hipsters?

martes, 22 de febrero de 2011

Nick Hornby, un novelista converso a la canción; Ben Folds, un músico usando letras ajenas


Nick Hornby es un escritor que se ha ganado nuestra confianza por la veracidad que suele emanar de su prosa –y no es que siempre se mueva en clave autobiográfica-; se trata más bien de un tipo que suele exprimir el tuétano a la existencia y contar las intimidades –incluso más nimias- de un cotidiano al más puro estilo británico. Ya sea desde de las furiosas tribunas de los hinchas del Arsenal (Fiebre en las gradas), a partir de la perspectiva de un melómano en plena crisis de la edad adulta (Alta fidelidad), o bien como un patineto adolescente que se convierte en padre prematuro (Todo por una chica).
Egresado de la Universidad de Cambridge y en algún momento colaborador de Esquire, The Independent, GQ y Time, en sus libros se desborda la crónica de la clase media inglesa, aunque curiosamente ha puntualizado que sus principales referencias literarias proceden del otro lado del Atlántico: “siento que la escritura americana me ha formado mucho más que la propia. Es esa sencillez e inclusividad americana, su alma, su carencia de alusión. Mis propios héroes y modelos literarios, la gente que hizo que quisiera escribir, fueron todos americanos: Lorrie Moore, Tobias Wolff, Carver, Ford, Roth”.
El gran público lo descubrió no por su faceta de Dj o de spoken Word –que eventualmente aborda- sino por la adaptación cinematográfica de An Education (con Hugh Grant como protagonista). La buena racha llevó al autor de 31 canciones a organizar una celebración en la que estuvo presente su buen amigo Ben Folds, de quien eligió el tema “Smoke” para disertar en aquel libro.
Pese a que el músico norteamericano le contó que estaba tratando de asimilar a los grupos conformados por universitarios que interpretan a capella sus temas, Hornby le convenció para que trabajara con algunas letras que iría componiendo y que le haría llegar por mail. Así el novelista probaría con la idea del songwriter y el compositor debería de arreglárselas con textos ajenos.
Nonesuch Records se convirtió en el sello que albergaría a Lonely Avenue (10), un proyecto que para el escritor resultó muy equilibrado: “tiene su propia voz, que viene de algún lugar entre nosotros dos”, mientras que Folds le cede el protagonismo al debutante: “Me sentía como si hubiera encontrado una rareza en eBay o algo así. Nick debería haberlo hecho antes, pero es su primer gran esfuerzo y siento como si yo realmente estuviera de más.”

Ben trazó perfectamente la ruta de creación: preparó todo junto a su habitual cómplice Paul Buckmaster, colaborador nada menos que de Miles Davis, Elton John, Leonard Cohen y David Bowie; luego se trasladó a los míticos Abbey Road para grabar y masterizar, pensando siempre en el vinilo como formato fundamental y luego en sus otras versiones.


El resultado dista mucho de ser vanguardista, más bien raya en lo old school. Era presumible que los tiros irían más en la ruta de canciones de tufo oldie, quizá con Elvis Costello o Joe Jackson en mente. A fin de cuentas, las historias no se alejan de ese sabor tan agridulce que nos deja Nick en la mayoría de sus textos: En “Picture Window” una madre cuida a su hijo recluido en un hospital mientras observa los fuegos artificiales de Año Nuevo por la ventana; mientras que “Belinda” se remonta al ocaso de una carrera artística con más pena que gloria. Aunque su capacidad irónica se concentra en “Levi Johnston’s Blues”, dedicada al joven que embarazó a la hija adolescente de la pre-candidata republicana a la presidencia de los estados Unidos, Sarah Palin, y al que luego le dio por dedicarse al porno.

El contexto narrativo era preciso, por lo que Folds colocó por allá una sección de cuerdas, acá confeccionó una balada, jugueteó también con el pop de cepa, pero, ante todo, fue el responsable de cantar los temas, algo que sin lugar a dudas Nick no podía llevar a cabo. Sobre el papel desarrollado, Ben acota: “Al componer la música tuve que recorrer la gama que va de ser lo más simple a convertirme en Shostakovich”.
Por supuesto que la capacidad de Folds quedaba de manifiesto, no sólo en álbumes como Naked Baby Photos (98), The Unauthorized Biography of Reinhold Messner (99), sino también por su capacidad de improvisación. A comienzos del año organizó un concierto dedicado a la red social Chatroulette, que se dedica a enlazar desconocidos sin ningún vínculo aparente. Las personas aparecían en la pantalla y tras una muy breve intervención sobre quien eran, el compositor les dedicaba una cancioncilla. Varias versiones del acontecimiento ahora pueden verse en internet, por lo que un tipo que se conectó sentado en la taza del baño y con el rollo de papel bajo el brazo ha sido visto ya por más de 5 millones de personas. Curiosa manera de ceder parte de la intimidad, en una humorada muy del sello Folds.
En ese tenor, cierta parte maliciosa de la prensa –considerando el buen oficio letrístico de ambos involucrados- le recomendaba a Hornby que cuando vuelva a acumular grandes letras, mejor se las mande a un tipo que en verdad las necesite, como Liam Gallagher de Oasis. Pero no hay que olvidar que Lonely Avenue surge antes que otra cosa por el fuerte nexo de amistad que procede de varias años atrás, tal como lo cuenta el norteamericano: “En uno de mis primeros conciertos- como Ben Folds Five- probablemente cuando Alta Fidelidad estaba en su apogeo, Nick estuvo en uno de ellos. Si hubiera sabido que el muchacho cuyo libro estaba leyendo estaba allí, me hubiera puesto bastante nervioso. Incluso aunque no llegamos a conocernos, ahí fue donde empezó todo: él estaba escuchando mi disco mientras que yo leía su libro al mismo tiempo”.




lunes, 13 de diciembre de 2010

Enrique Morente, hasta pronto!


Enrique Morente transformó al flamenco y de paso creó uno de los discos más transgresores del siglo XX, Omega (junto a Lagartija Nick), donde incluye versos de Federico García Lorca y Leonard Cohen, entre otros. Falleció a los 67 años de edad, apenas algunos días después de haber cantado delante del Guernica de Picasso, a quien dedicaría un nuevo disco abriendo el 2011. Aquí ofrecemos un texto sobre su pasada entrega discográfica a modo de homenaje a un Cantaor único, a una voz capaz de derribar a una muralla, a un creador libérrimo e irreductible.

Enrique Morente o de las raíces del flamenco
Si existe un territorio musical donde la tradición se defienda con celo y algo de fanatismo es el del flamenco. Los viejos maestros y los eruditos calculan y valoran con tiento cada incursión para aquilatarla o desterrarla de los círculos ancestrales. Es por ello, que al cante le cuesta tanto tirar para adelante. Casi siempre se insiste en que a lo hecho por los artistas de leyenda no se le supera, si acaso se le iguala.
Pese a cierta inercia conservadora, de cuando en cuando surgen figuras que a través de su hacer son capaces de renovar el pasado y proyectar su arte hacia el futuro. Así lo ha hecho el granadino Enrique Morente (1942), que si bien comenzó su carrera apegado a las formas y estructuras históricas del flamenco halló la manera para alimentarlo de referencias poéticas y coqueteos con otros ritmos y escuelas más contemporáneas, como lo es el rock.
En su discografía conviven desde trabajos de línea pura como Cante Flamenco (67), acompañado por Félix de Utrera y Nueva York/Granada, Morente-Sabicas (90), la última grabación del maestro navarro de la guitarra, con obras de una inmensa capacidad rompedora como su Misa flamenca (91), con textos de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Lope de Vega y Juan de la Encina; Omega (96) junto al grupo de rock granadino Lagartija Nick y numerosos artistas del flamenco, como Vicente Amigo y Tomatito, para adaptar poemas de Federico García Lorca y temas del cantautor canadiense Leonard Cohen. Este disco ha sido todo un referente en la revolución del flamenco e incluso se presentó en México en 2008. Otro trabajo en el que abreva de fuentes literarias es Morente sueña la alhambra (05), revisando autores hispanos y moros.
La gran capacidad interpretativa de Morente le ha llevado a montar, en 1988, el espectáculo El loco romántico, basado en Don Quijote de la Mancha, a presentarse ante la Catedral de Barcelona, acompañado de las Voces Búlgaras y más recientemente en el Festival Primavera Sound 2008, aclamado por un público joven y eminentemente rockero.
Pero en su trayectoria no existía un disco grabado en directo y concebido como tal. Por lo que decidió que el sucesor del álbum dedicado a Picasso, Pablo de Málaga (08), fuera su primer material en vivo y que obedece a una petición directa de su esposa Aurora, quien le pedía hacer un disco para la familia, totalmente flamenco, para que se despegará de “los discos raros que suele hacer”.
Así es como surge Morente Flamenco (Universal, 09), una revisión generosa y amplia de los distintos palos –claro, no están todos- en compañía de cinco guitarristas de primera línea: Juan y Pepe Habichuela, Rafael Riqueni, David Cerreduela y Juan José Suárez “Paquete”.
Este repaso a las raíces del género incluye homenajes a sus maestros, como la serrana de Pepe de la Matrona y los tientos a Sernita de Jerez, además del repaso a “Tangos de la vida”, “Soleá de los cañaverales” y “Fandangos naturales”.
El único tema inédito es el que abre y cierra la sesión. “Nana de Oriente” está dedicada “a las madres que han perdido a sus seres más queridos en guerras y cruzadas” y en ella aparecen sus hijas Estrella –de amplio reconocimiento- y Soleá –prácticamente haciendo su debut-. A ellas se suma un coro de niños –en el que están los nietos- para crear una atmósfera de tintes nostálgicos en esta bulería.
Considerado la primera figura del cante, cada proyecto de Morente despierta gran atención mediática. Es un hombre acostumbrado a tratar con la prensa, Pero no deja de sorprender la sinceridad humilde con la que aborda el comienzo de su carrera, que tuvo, en la década de los setenta, una importante estancia en suelo nacional. Cuando el periodista Luis Troquel se remonta a la pervivencia en el tiempo del cantaor, Enrique hace memoria: “A mí, cuando me preguntan dónde aprendí a cantar, tengo que decir: en México. Todo el mundo cuenta que aprendió en las cuevas, con su tía no sé qué, con su abuelo no sé cuántos, qué si soy nieto de tal y heredero de cuál dinastía… Pero en mi caso no fue así. Claro que le debo mucho al arte que tenía mi madre, que cantaba de maravilla aunque no se dedicara a ello, pero yo me encontré a mí mismo en México. Yo soy casi más mexicano que español”.
En nuestro país editó primero un disco-homenaje a Miguel Hernández (71) y convivio con artistas e intelectuales del exilio, entre ellos, Paco Ignacio Taibo I, que frecuentemente invitaba a españoles a comer y donde surgió una anécdota sensacional: “Todos los días aparecíamos unos cuantos caraduras a comer. Todos en una mesa muy larga… Había un tipo que casi no hablaba pero se reía mucho con las tonterías que decíamos el guitarrista y yo… y al cabo de unos años me cultivo un poco más, cojo algo de cultura, y un amigo me regala un libro que se llama Pedro Páramo y digo: ¡Pero si este es Juanito!”.
Así es el hombre del que se dice que "ha inventado el cante del siglo XXI". Un respetuoso de las fuentes de las que ha abrevado, al tiempo que ha sabido transgredir barreras y clichés: “El flamenco está ligado a muchos tópicos, a mentalidades casi islámicas. Dogmas y confusiones no dejan libre el oído. Me parece grave que sectores del flamenco adopten una actitud de partido político dentro del arte, atacando a unos y defendiendo a otros. Entender el flamenco, aun sin estar metido en este mundo, lo entiende todo el que sabe escuchar".

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Las mañanas de John


El día que murió Lennon estaba acostado todavía
transmitieron la nota en prime time
carecí de fuerza y causa para levantarme
-la provincia incurable, como siempre-
parecía que el tiempo se había detenido
aunque las concentraciones masivas nada me decían
las mismas mujeres histéricas tras descubrir a los escarabajos
-gritos carentes de sentido inundando Central Park-
muchos otros prefirieron callar
y perderse en la inmensidad de sus habitaciones
-la mía era tan grande como el mar
y terminé ahogado-.


Desde entonces es una de las escasas fechas que recuerdo
y cada 12 meses pienso en que si la historia es una espiral
ese día se torció.

No puedo negar que otros lo han intentado
pero John tenía un modo muy simple de revelar secretos
eso lo hacía tan cercano
mucho más que el cabello largo, las gafas y las poses.

Con él se fue la broma como oposición al sistema
lo imagino contento con los wikileaks
¿merecerían una nueva canción?
seguro le hizo gracia que un cantante regordete interpretara a su asesino
-un poco de humor negro convertido en biopic-.

Esta mañana los medios se alimentan
de cuando despertamos hace treinta años
el working class heroe sigue siendo rentable
sus canciones ahora se venden por iTunes
y juro que no me siento bien
nada bien
prefiero las expectativas modestas
prófugas de un disco de vinil que gira en una habitación.


viernes, 3 de diciembre de 2010

John Grant: entre la caída de Zares y el encuentro de Reinas


Si fuera por la parte más conservadora de la industria musical lo que privaría serían historias de gente que salió de la nada (preferentemente barrios pobres y familias disfuncionales) y alcanzó el éxito masivo pese a todo tipo de obstáculos. Adoran aquello de “Y vivieron felices para siempre”. Aunque también existe la vertiente que se alimenta y financia de las tragedias de las estrellas. Existen medios para dar seguimiento a las grandes figuras caídas en desgracia. Ese síndrome de Elvis y Marilyn en nuestros días crece en Pete Doherty, Charlie Sheen o Amy Winehouse. Los tabloides arden en deseo de nuevos desplantes, de más traspiés que llenen portadas y vendan miles de ejemplares.
Se tiende entonces a la dicotomía, a un universo maniqueo dividido únicamente en buenos y malos. Y así no es la vida. Existen muchas aristas, inflecciones y posturas que no nos hacen meros héroes y villanos. Existe una gran complejidad que de verdad nos humaniza, nos vincula con la experiencia existencial hasta la médula, ya sea a través del dolor o el placer.
No falta quien se aferra al modelo de la Cenicienta o Rocky, pero no son pocos a quienes seducen biografías como Sid Vicious o Ian Curtis de Joy división –la atracción por la tragedia-. Se trata de paradigmas extremos muy propios para las leyendas de celuloide, exageraciones que se salen de la medianía. Lo que es un hecho es que entre ambas tendencias hay un espectro vastísimo de formas de vivir para gente de carne y hueso; experiencias con subidas y bajadas que mucho tienen de impredecibles. Hay todo un rango donde se mueven personas que saben lo que es caer, levantarse y seguir luchando, sin que les importe como tema central el éxito; prefieren primero rescatarse y sobrevivir haciendo lo que mejor pueden y más les llena.
Así ha ocurrido con John Grant, quien hace una década trataba de subir algunos peldaños en el escalafón del rock junto a su banda: The Czars. Por más que la propuesta (shoegaze y pop ambiental) poseía calidad y calidez no trascendió; sus miembros al ver que nada bueno ocurría decidieron desintegrar el grupo tras de grabar Sorry, I Made You Cry (06), cambiar de aires y dejar Denver, entonces su centro de operaciones.
John se vio sin músicos y sin rumbo. Paró en Nueva York, donde se empleó por como mesero e intérprete en un hospital. Las más duras batallas las libró con su depresiva personalidad y con una historia crónica de adicciones. Hoy día ni se conmisera ni se victimiza, pero sabe que sigue siendo un conflicto que debe enfrentar: “A veces siento que tendría que haber seguido bebiendo, consumiendo cocaína y escapando, porque es muy duro afrontar todo esto. Hay gente ahí a la que puedo acudir. Lo que me dicen es que todo va a estar bien, ellos lo creen, pero tengo que ser yo quien lo crea. Me gustaría no tener que pasar por esto. A veces creo que mi cabeza va a explotar, porque no entiendo nada. Pero bueno, luego te despiertas y ahí está un día nuevo”.
Grant se debatía entre un estira y afloja, pero al menos algunos de sus buenos amigos no lo dejaban de lado. De vez en vez los Flaming Lips lo invitaban a tocar juntos, al igual que los texanos de Midlake. Estos últimos cambiaron el rumbo de esta historia; se preparaban para entrar a grabar lo que a la postre sería The courage of others (2010), pero pensaron que entre sesión y sesión se abrían espacios que su colega podría aprovechar para reactivar su carrera y si hacía falta una banda de apoyo ellos se encargarían de cubrir tal rol.
John Grant no tenía más que melancolía, resabios de sus adicciones, una infancia perdida como constante cita, y por si fuera poco, una atormentada vivencia de su homosexualidad. Reunió todo ello, lo transcribió en canciones y obtuvo Queen Of Denmark, un álbum hermosísimo, reposado y sincero, al que no dominan los pesares –no va en la ruta de Antony- sino una apreciación agridulce y humorística de cada una de sus tribulaciones: “Ahora que ha pasado más de un año desde que fue grabado me doy cuenta de que a estas canciones las ha salvado el humor. Es el principal motivo gracias al que puedo escuchar este disco. Hablo abiertamente sobre cuestiones muy personales, doy opiniones, lo que cuento podría no agradar. Pero el humor es humano y unifica”.
Otro aspecto importante de esta grabación, cobijada por el espléndido sello Bella Union, es que no se trata del manifiesto del que se ha sometido a una desintoxicación, fue al revés; ocurrió que tras escuchar sus propios composiciones fue que decidió ingresar a una clínica. Tras este trance, ahora hace de abridor para Wilco en su gira europea –lo que no es poca cosa-.
Queen of Denmark rebosa de pureza y elegancia desde el instante mismo en que comienza el tema de apertura “TC And Honeybear”, en que incluye, además de cuerdas, a una cantante de ópera. Pero parece que la aclamación –al menos de los especialistas- vino con “I wanna go to Marz”, de la que existe una gran versión en vivo desde el programa de Jools Holland. Importantes publicaciones como como Mojo o Uncut le han dedicado elogios unánimes. Lo que sin duda da sentido a un hombre volcado sobre su obra: “Mi implicación es muy grande, casi insoportable. Para mí es inevitable hacerlo así. Estoy intentando mirar dentro de mí y aceptar lo que veo. Necesito saber si puedo vivir con lo que soy. Hasta ahora este disco es lo más cercano que he tenido a disfrutar en el estudio, pero al mismo tiempo ha sido muy doloroso. Todo estaba sucediendo mientras lo grababa. Me gustaría hablar de la belleza, de pasarlo bien, de ser joven. Espero poder hacerlo algún día”.
Un poco de folk, orquestaciones perfectas, soft rock, teclados intimistas y una interpretación que cala hondo contribuyen a convertirlo en uno de los hallazgos del año, en una de sus joyas (escúchese “Where dreams go to die”). Aquí hay un torrente de verdad y entrega, que además se encauza sobre el flujo del preciosismo. Una estructura musical de ensueño que permite a un compositor mirar a la cara a sus demonios, como confesó a una revista española: “La gente pasa por la misma mierda por la que paso yo, así que a nadie le puedes importar realmente. Porque no eres especial, sólo eres una persona. Me resulta difícil llegar a darme cuenta de los motivos por los que yo puedo importar. Pero por otro lado pienso que estoy aquí. Estoy aquí y tengo contacto con gente cada día. Tú y yo estamos hablando ahora mismo, importamos”.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Muere Illy Bleeding: ¿conoce el rock mexicano a sus leyendas?


Las ideas y los sucesos se agolpan. Leo que el Director de Wired señala que cada vez menos gente utiliza Internet para su sentido fundamental: navegar. La red es un espacio para que donde antes un paseante al estilo de Walter Benjamín recorría barrios y ciudades, ahora el internauta se pierda en laberintos virtuales. Me seduce la idea, así que prefiero vagar por donde me lleva esta digresión que pende de un click.
Reviso una nota sobre las colaboraciones de Gustavo Cerati; tal como esperaba los visitantes arrojan muchos datos más de los contemplados por el periodista. Uno de ellos rompe la secuencia de duetos del argentino, para avisar a los visitantes del Blog que ha muerto Jaime Keller, a quien la historia del rock mexicano conoció como Illy Bleeding o Illy Godzilla, vocalista de una agrupación seminal para el punk: Size.
De inmediato imagine que se trataría de un asunto para clavados, ya que las nuevas generaciones inmiscuidas en el consumo y culto de nuestro rock (¿o debería decir rockcito?) poco o nada conocen del periodo menos documentado del devenir del rock nacional; ese que comienza con la debacle tras Avándaro en 1971 y que concluye hacia mediados de los ochenta cuando regresan los conciertos internacionales y las agrupaciones nativas asoman la cabeza.
Es escasa la bibliografía existente, poco se apuesta por la historiografía y el periodismo especializado y los materiales discográficos son difíciles de conseguir aun en estos tiempos. Para mi sorpresa, descubro que hace menos de 3 meses, el crítico jalapeño José Homero dedicó su espacio de blog en Letras Libres para disertar sobre Size y su sitio en el desarrollo de nuestro rock (¿Lo que no diría Paz!).
Me parece oportuno citar el texto del también veracruzano poeta y ensayista:
“En 1978 surge Size con Illy Bleeding (o Illy Kosovo, Illy Godzilla e incluso Illy Keller), Walter Schmidt (también Dennis Sanborns), Carlos Robledo (This Grace) y Dean Style. En sus seis años de existencia dejaron huella con canciones memorables, y patentaron las vicisitudes y el devenir que la escena musical experimentaría a raíz del punk.
Canciones como la emblemática “Tonite” acusan el influjo del punk en el fraseo de Bleeding y en la crudeza de la letra, pero prepondera el elemento bailable, cifrado ya desde el inolvidable intro, con efectos juguetones, líneas funk en el bajo e inquietantes y líricos subrayados de sintetizador, que le otorgan ya un inconfundible sello postpunk. Se trata de la asimilación mexicana de esa experiencia que se decantó hacia la electrónica con instrumentos baratos, que comienza Daniel Miller y expresaron mejor Fad Gadget y Depeche Mode, justo en el sello del primero”.
Tras el artículo original han sido varios los que han alimentado una candente polémica que es característica de nuestro entorno. Un fan talibán apoya a las viejas figuras y no faltan los que ponen en tela de juicio los méritos de aquellas “glorias”. Que si Chac Mool es cumbre del progresivo azteca o que si Toncho Pilatos o Bandido daban escuela de lo que debía de ser una big band.
El más radical de los implicados no vacila en repudiar a Size por provenir de una clase acomodada, como también ocurría con Dangerous Rhythm –después Ritmo Peligroso-.
Un acontecimiento como la muerte de Illy nos permite plantear ciertas ideas a propósito de la manera en que se entiende y abordar al rock de acá. ¿En verdad es relevante aclarar si el punk más auténtico es el de los barrios periféricos y pobres? No le demos vueltas, el punk entró por el Pedregal y las Lomas –allí habitaban los primeros punks aztecas-. Luego bajó hasta Insurgentes Sur, donde se localizaba Hip 70, la tienda de Armando Blanco y que expendía los mejores discos, bien resguardados por un par de perros Doberman. El sitio contaba con una salita superior para conciertos, que como era de esperarse, tenía condiciones infames y equipo paupérrimo, pero allí comenzaron a tirar quienes no se lamentaban por no vivir en Londres o Nueva York. La cosa era intentarlo, ampliar los horizontes de mira y escucha.
Luego vinieron Silueta Pálida, Syntoma, Las Pijama A go go, Casino Shangai, El escuadrón del ritmo, Chula Chula Chaqueta, María Bonita, Interface, todos los proyectos del Dr. Fanatik y muchos otros visionarios. Si nos apegamos a estrictos juicios de calidad, obtendremos distintos valores para cada proyecto, pero es un asunto que requiere de más espacio.
Regresemos al fallecimiento de Bleeding, un tipo que atento a lo que ocurría fuera también se cortaba en el escenario más por seguir a Iggy Pop que a Sid Vicious, para plantear una interrogante: ¿porqué carecemos de verdaderos rockstars locales? ¿Por qué se ha demeritado tanto este tipo de figuras? Lo más devaluado del asunto sería que nos conformáramos con la saga de You tube en que arrestan a un ebrio como León de Zoe.
Antes para ganarse un sitio ante un público prácticamente inexistente había que poner todo por delante y nos sólo aparecer en revistas del corazón. Homero es quien se concentra en los haceres de Size, pioneros no sólo del punk, sino del new romantic y la electrónica: “Decía que distinguen a Size las texturas de sus acordes sintetizados. Schmidt posee un gran talento para crear riffs atractivos y pegajosos. Pero esos riffs no sólo atraen, a manera de una inteligente motivación ensayística, sino que sostienen la estructura de la composición y permiten los cambios de ritmo sin brusquedad. “Time Trap” y “El diablo en el cuerpo”, composiciones complejas, muestran claramente ese dominio digamos clásico de Schmidt en conjunción con Robledo, quien acentúa la melodía con su teclado, para transitar de un espacio sonoro a otro, puentes con tintes de complejidad barroca”.
Es lamentable que en México para todo –y no sólo en el rock- carezcamos de memoria histórica, que se nos olvide la mayor parte, que casi nada permanezca. Para que hoy existan personajes que rayan en lo vacuo o lo banal pero se sienten rockstars, debieron existir toda una generación de picapedreros a los que les tocó la parte más ingrata de una saga que ha construido una tradición –ciertamente endeble- peleando a la contra y con todo por perder.
Una figura como la de Illy Bleeding también nos permite enfatizar que para ciertas personas el rock and rock no sólo es fama, pasarelas y reflectores. Tras varios años fuera de la escena este hombre volvió con otro proyecto, acompañado por Los rebotes trucosos. Jamás alcanzó los escenarios más importantes, no obtuvo un reconocimiento masivo, pero allá donde los abismos del verdadero underground se abrían conectaba sus instrumentos y comenzaba a actuar.
Aquellos Beatiful losers –que anticipara Leonard Cohen- bien merece una hagiografía, una improvisada reivindicación que no conoce de clases sociales y que se limita a señalar esa perseverancia y espíritu irreductible de algunos rockeros de antaño. Illy vivió como el título que dio al álbum de Size: “Con el diablo en el cuerpo”.