viernes, 30 de mayo de 2008

Countrypolitan favorites


En algunas de las exclusivas boutiques de Beverly Hills se venden gorras de trailero y sombreros vaqueros a precios de oro. A lo largo y ancho de Hollywood Boulevard caminan tipos con botas campiranas de piel de serpiente o armadillo. Los freeways de las grandes ciudades son partidos a la mitad por camionetas pick up acondicionadas para un rodeo (con todo y cráneo de toro cuernos largos en la parrilla delantera). Es un hecho, los vaqueros urbanos siguen cabalgando y lo country se filtra en distintos estratos de la sociedad norteamericana.

Tomemos alguna imagen de Midnight cowboy (1969), dirigida por John Schlesinger, con actuaciones de Jon Voight y Dustin Hoffman; o de Urban cowboy, filme de James Bridges que data de 1980, protagonizado por John Travolta, o más recientemente de Brokeback Mountain (05) de Ang Lee para constatar que el cine también ha hecho suyos a estos rancheros contemporáneos. Ahí están también los libros de Cormac McCarthy (Todos los hermosos caballos, En la frontera) salpicando a la literatura de los polvos del lejano Oeste.

La estética western sigue vigente en la actualidad a través del concepto de lo que en inglés se expresa como countrypolitan, término que sirve para definir el tipo de música que desde hace años viene desarrollando Southern Culture on the Skids, una agrupación originaria de Chapell Hill, Carolina del Norte, cuya característica principal es realizar una amalgama frenética de ritmos, que va del surf al country, pasando por el boggie, rhytm and blues y mucho rock and roll.

Para Rick Miller, un virtuoso guitarrista; Mary Huff, bajista, cantante y femme fatale; y Dave Hartman, aporredor de tambores, el asunto de lo countypolitan trasciendo lo estrictamente musical; para ellos es una estilo de vida y no una categoría. Afirman que los citadinos ansían ser campiranos y la gente de provincia copia costumbres propias de la gente de la metrópoli. Para Miller, fundador de la banda y teórico del asunto, lo countrypolitan es la zona donde las sensibilidades urbanas y rurales se encuentran.

En un intento por compilar lo que serían los clásicos de tal postura estética, han grabado un disco de covers al que han titulado Countrypolitan favorites, y del que de entrada hay que resaltar los arriesgados arreglos, que transforman los temas originales para darles una pátina antigua y campirana pletórica de caché y frenesí o un toque freak a las piezas más viejas.

En México conocemos a Scots (como los llaman sus seguidores) por “House of bamboo”, un mambo - boogaloo contagioso que venía en su disco del 97, Plastic Seat Sweat, publicado por Geffen como parte de un intento por llevarlos al mainstream sin éxito. El resto del tiempo se han mantenido en las escenas periféricas, elaborando un rock fiestero y de culto.

Para saber en que consiste el trabajo de reinterpretación plasmado en Counytrypolitan favorites basta con tomar de ejemplo “Mushwell Hillbilly”, original de los Kinks, en la que no existen mods sino granjeros listos para usar su nueva cadencia para animar una fiesta en un granero. También han desmaquillado a la glamorosa “Life is a gas” de T. Rex para convertirla en una balada impregnada de whisky bourbon y lista para ser bailada cuerpo a cuerpo con una chica de camisa de cuadros rojos y falda de mezclilla.

Los espacios perfectos para los Scots parecen ser los bares de poca monta y las tabernas para camioneros. Ambos pudieran ser encendidos con la febril versión de “Funnel of love”, compuesta por Wanda Jackson y que sonora en los años cincuenta.

Aquí el asunto se centra en el placer y la diversión a través de una música enloquecida que lo mismo atrae a gangsters improvisados, surfers trasnochados y jinetes nocturnos, como ocurre con la bizarra versión de “Tombstone shadow” de los Creedence.

Si queremos hallar algunos nexos de los Southern Culture hay que recurrir a B-52´s y The Cramps, pero también a The Straitjackets pero con más rockabilly. Sin duda que retoman elementos de lo que se conoce como white trash, esos desperdicios culturales de la sociedad anglosajona, en la que se insertan los llamados rednecks, los típicos granjeros y rancheros.

Al parecer, la primera vez que se uso la palabra countrypolitan fue relacionada con un disco de Ray Charles de 1962, donde revisaba clásicos del country, como "I Can't Stop Loving You"; fue utilizada para describir al sonido de las fusiones que durante la década de los sesenta se gestaban en Nashville.

Según Miller la intención de Countrypolitan favorites fue difuminar las líneas entre géneros con una actitud de respetuosa irreverencia, como lo han venido haciendo en discos tan notables como Dirt Track Date (96), que incluía el sencillo "Camel Walk", Mojo Box (04) y el en vivo, Doublewide and Live! (05). Son una quincena de canciones chispeantes; lo mismo “Have seen her Face” de los Byrds, “You´re no longer sweetheart for me” de Chris Hillman, popularizada por Reno and Smiley, que “Rose Garden” que cantaba Lynn Anderson (que aquí sonó con Duncan Dhu).

En la revista Filter han valorado a SCOTS como una agrupación que verdaderamente se mueve en los márgenes de la industria (graban en su propio estudio –The Kudzu Ranch-, se autoeditan -Yep Roc Records-, tocan en sitios pequeños) y cuyo sonido es un encuentro entre Dick Dale y Hank Thompson. La solidez del grupo ha aumentado proporcionalmente a la participación de Mary en las vocales, mientras más canta la dama el encanto crece.

Nada de temas de desperdicio, este disco vale cada céntimo de su precio. Ya sea por la potente y gutural “Ti ni nee nu”, con todo el estilo de los Hermanos Marx o la venenosa interpretación de “Tobacco Road” de Eric Burdon.
Southern Culture on the Skids son una banda bizarra que hace un rock verdaderamente emocionante, que escribe y toca canciones dedicadas a: “la danza, el sexo y el pollo frito”, como ellos mismos explican. Inspirados ahora por un country a-Go- Go. Habremos de disfrutar el obsequio de este trabajo delirante y gozoso, que demuestra que nada permanece inmutable, que la historia puede reescribirse, pues como dice el Dr. Miller: “Es tiempo de la ruleta suburbana”, ¡eeeeeeejjjaaaaa!

miércoles, 28 de mayo de 2008

Lavender Diamond: Soñar el amor, imaginar la paz


Tras la caída del bloque socialista, los países de la Europa del Este vivieron una transformación radical, que en algunos casos implicó conflictos armados y guerras civiles. Los checoslovacos tomaron sus previsiones y buscaron evitar la violencia por varios medios. A tal iniciativa, impulsada por Vaclav Havel, a la postre primer ministro, se le nombró “la revolución de terciopelo”, pues intentó cambiar las cosas sin que una sola bala fuera disparada.

Ese mismo espíritu se halla en Lavender Diamond, una banda organizada por Becky Stark, una vocalista de voz y personalidad deslumbrante y prístina. Su intento por cambiar el estado de las cosas a través de la música es, más que nada, una cruzada amorosa, que es revolucionaria por sus ideales y aterciopelada por sus suaves maneras.

Es una mujer positiva que tiene muy clara la filosofía colectiva de su agrupación: “Creemos, definitivamente, que las palabras y las ideas tienen el hermoso poder de trasladar amor a la gente de todo el mundo. También la energía de la canción es un camino importante para compartir ideas y coger fuerzas. Lavender Diamond consiste en creer en la fuerza práctica del amor”.

No deja de sorprender que las estructuras con las que arma las canciones sean elementales y que recurra a la repetición de frases como un recurso básico, como si fueran mantras dulces y comunes. Sus melodías parecen ser de caramelo, pero de uno tan fino que no empalaga; lo que en buena medida se debe a la experiencia de los otros miembros: Jeff Rosenberg, que estaba en Young People; el también ilustrador Ron Regé, quien con Swirlies hacía shoegaze y Steve Gregoropoulos, procedente W.A.C.O. y que no oculta su interés por la música clásica. Primero trabajó con cada uno de ellos por separado, hasta que los convención de conocerse y tocar un poco. Durante el primer ensayo se dio la magia necesaria para conformar algo definitivo.

Por su parte, Becky no era ninguna primeriza o improvisada. Criada en Maryland, cada domingo, después de ir a la iglesia, su madre le ponía discos de Linda Ronstadt, Bob Dylan, Blondie, The Beatles y Patsy Cline. A finales de los ochenta, se involucró en la escena punk de Washington DC, donde su amigo Gabe Andruzzi (hoy en The Rapture) la inició en Fugazi, empapándose del sentido político y comunitario de la música.

Después pasó por Nueva York, donde viviría dos capítulos fundamentales. El primero de ellos tuvo como escenario la comuna Fort Thunder en Rhode Island, donde colaboró con artistas afines y escribió operetas y pequeñas obras, donde Lavender Diamond ya aparecía como un pájaro emisario que brindaba alegría y paz a la humanidad.

Posteriormente, ingresaría al Merce Cunningham Conservatory, donde John Cage era el director musical. Becky descubrió que su futuro no estaba en la danza: “Me di cuenta de que debía ser cantante, que debía seguir el camino de mis habilidades. Pero a pesar de ello, cuando estoy cantando mi energía está flotando y por ello estoy siempre bailando”.

Lo que siguió fue una mudanza definitiva a Los Ángeles, ciudad en la que detectó una grave crisis de contenidos en la radio, que la acercó a la música que se produce en su vencindario, donde –según apunta- abundan cosas interesantes.

En 2003, grabó y autoeditó su primer álbum en solitario, Artifacts of the Winged y antes compartió sencillos con Elvis Perkins, Devendra Banhart y Animal Collective. Dos años más tarde, vendría el primer paso del Diamante Lavanda, el ep The Cavalry Of Light, hasta la llegada de Imagine Our Love, considerado uno de los debuts discográficos del año. En este primer Lp caben elementos de folk, pop y country, puestos en arreglos que incluyen cuerdas y piano.

Son doce pequeñas y hermosas sinfonías de bolsillo, que son sencillas y adorables. Páginas musicales extraídas del diario de alguien que sufre no sólo por amor, sino al ver lo maltrecho del mundo que la rodea: “Para mí, cualquier relación es romántica. Un corazón roto es un sentimiento de separación. Siento mi corazón roto por un amante pero también siento que mi corazón se rompe por la guerra. Mi corazón se rompe cuando son destruidos océanos y bosques. Mi corazón se rompe cuando el mundo va por caminos de destrucción basados en el miedo y la explotación. Creo que es natural sentir que se te rompe el corazón, no sólo de forma romántica sino también por la injusticia presente en el mundo”.

Así, aparecen temas que se filtran por cada poro de la piel, como el sencillo que abre el álbum. “Oh No”, en la que la sustancia es preguntarse reiteradamente: “When will I love again?”. Pero el principal himno del karma positivo (y la canción más lograda) es “Open Your Heart”, pop luminoso que pide candorosamente apartar el llanto.

Lavender Diamond guarda relación con esa nutrida escena que ha vuelto al folk, que valoran el legado de grupos como Cowboy junkies y aprecian lo hecho por Bonnie Prince Billy, Clem Snide, Micah P. Hinson o Faun Fables, pero al hablar de influencias la cosa se dispara: “Me encanta Jenny Lewis, Juice Newton y Linda Rondstadt. También Ella Fitzgerald. Hace tiempo tuve un sueño de que ella se me aparecía como un fantasma a través de la ventana. Esa noche ella murió. El grupo está también influenciado por la música clásica, el jazz, la música disco, el hip-hop, la música experimental, la motown. ¡Nos gusta mucha música! También, y probablemente la más importante, es la música contemporánea de mi comunidad”.

Precisamente de esas relaciones con los buenos vecinos, surge su vínculo con la directora de cine Miranda July (Tu, yo y todo lo demás), con quien está desarrollando un show de variedades que incluye tanto video como una puesta en escena. Un proyecto más que nace en “la ciudad con alas”: “La escena en California es muy extraña porque la gente escucha a los otros con los corazones realmente abiertos. Aquí hay una idea de qué en esta ciudad es posible lo que es imposible en otros lugares. L.A. es un lugar extraño. En cierta forma es horrible y apocalíptico -como si fuera la cresta de la ola del Apocalipsis- además está metida en la devastación que sufren tantas ciudades. Pero otra vez, es lo que la hace bella, pero el paisaje físico es insano y rompedor de corazones y magnífico. Los Ángeles posee el tamaño de Bélgica, es un país. Y el sistema de transporte público es como para hacerte llorar. Pero los océanos, las montañas, el clima templado... eso es como el paraíso. Los Ángeles es una paradoja”.

Imagine Our Love (Rough Trade/ Sinnamon Records, 07), con todo y su economía de lenguaje, es una colección de canciones de afanes preciosistas, como en “Dance Until It’s Tomorrow’, donde Stark luce su voz alcanzado a plenitud los tonos tan altos. Cuando Becky imaginó lo que debía ser Lavender Diamond soñó acerca del amor, la curación y la clase de energía que debía generarse en el planeta para buscar la paz. Al menos con las canciones de su primera grabación han conseguido contagiar sus anhelos.




La leyenda del Diamante Lavanda

Hubo un tiempo en que existían cuevas de cristal inexploradas, que emitían sonidos muy bellos. Un hombre los escuchó y entró en una de ellas. Allí oyó el sonido original del amor, lo más bello que jamás había escuchado.

La cueva estaba cubierta de rocas brillantes que le fascinaron. El hombre arrancó uno de los cristales; este era el Diamante Lavanda, que al faltar en la pared, sólo producía un horrible sonido roto. El tipo salió huyendo con la gema en el bolsillo.

Mucho tiempo después, el diamante apareció en el anillo de una dama medieval, que al salir al balcón llamaba la atención de una urraca. Un día el pájaro quiso robar la joya y en el forcejo ambos cayeron, encontrando la muerte. El diamante quedó dentro de la urraca, que fue enterrada a los pies de un roble y absorbió las propiedades de la piedra mágica, para después cederlas a una ave nacida en sus ramas.

El renacido pájaro, llamado Lavender Diamond, cantaba el día entero y cayó fascinado por La Reina de los interiores, una maga que encantaba todos sus muebles para que estos bailaran todo el día. Ambas vivieron juntas el resto de sus días.

Becky Stark asegura que existe una parte final de la historia que ya no recuerda, pero que forma parte de la ópera Ecos en las cuevas de diamante, que ella escribió y representó en un pasado del que guarda escasa memoria.

lunes, 26 de mayo de 2008

Tinariwen: Blues desde el corazón del desierto


"Con el desierto ante ti no digas: ¡qué silencio!, di... no oigo"
Proverbio Tuareg

Cinco millones de kilómetros cuadrados son una inmensidad, más aún si la mayoría de este territorio lo conforma uno de los desiertos más hostiles del planeta: el Sahara. En esa enormidad se desarrolló el pueblo Tauareg, una sociedad nómada de origen bereber, que ha sido conocida como "los hombres azules", debido al tono índigo con que se tiñe su piel debido a la decoloración de las telas y turbantes con los que se visten. Este fenómeno reduce al mínimo la sudoración, por lo que la pérdida de líquidos es casi nula, lo que brinda protección adicional en las condiciones extremas de la zona.

Hoy día apenas existe una población de 300 mil, pocas realmente conservan el estilo de vida nómada, pero todas se dedican al pastoreo, lo que implica desplazamientos de hasta 1500 kms, entre Argelia, Níger y Mauritania. Se orientan para tales menesteres exclusivamente por las estrellas, que además les señalan pozos de agua que ellos únicamente conocen.

Los conflictos políticos, debidos a la posesión de la tierra, aunados a sequías prolongadas, obligaron a los Tuaregs a desplazarse durante la década de los 80. Fueron aceptados en campos libios para refugiados, creados por Muhamad Ghadaffi para preparar futuros combatientes. En ese ámbito se conocieron un puñado de músicos interesados en reivindicar su tradición a través de canciones; así se formó Tinariwen, una agrupación que da voz a una cultura milenaria a través del canto y el sonido de las guitarras eléctricas. Lo que les da una estética impresionante (una banda de beduinos con turbante detrás de las Estratocaster).

Al frente del grupo se encuentra Ibrahim Ag Alhabib, quien participó como guerrillero, con una Kaláshnikov al hombro, durante la segunda rebelión Tuareg (junio de 1990), que pretendía liberar la región de Adrar des Iforas, al norte de Mali. La lucha duró 3 años y cobró miles de víctimas.

Tras el tratado de paz y el adiós a las armas, Tinariwen prosiguieron con su labor de músicos-poetas alejados de los fusiles y ataviados de azul para recrear el sentido más original del blues: canciones de añoranza y pérdida. Sentimientos omnipresentes sobre los que abundan: "No podemos sustraernos al dolor y la nostalgia: son parte consustancial de nuestras propias existencias. Perdí a mi padre de niño y no supe de su muerte hasta muchos años después. También vi la primera rebelión Tuareg, en 1963, y sufrí en carne propia la represión. Todo ello me dejó un pozo de ira y amargura que no pude sofocar durante años".

Al escuchar las vibraciones de esta música, cantada en Tamashek -la lengua nativa del Targui- se constata aquello que el legendario griot Ali Farka Touré solía repetir: "el blues nació en África". Cuando este septeto Tuareg ejecuta su música tiene de su lado al fantasma de John Lee Hooker. Debido a ello, fueron invitados para abrir el concierto de los Rolling Stones en el castillo dublinés de Slane, el pasado mes de agosto. Tanto Keith Richards, como "The edge", guitarrista de U2, no han escatimado los elogios, señalándolos como: "la mejor banda de rock de hoy en día"; e incluso Tom Yorke de Radiohead acotó que ellos fueran una referencia crucial al momento de componer su disco solista The Eraser (06).

Tinariwen, que puede traducirse como "Lugares Vacíos", han editado un tercer álbum, cuyo título proviene de un dicho popular, Aman Iman, o lo que es lo mismo, "el agua es la vida", que fue grabado en Bamako, capital de Mali, bajo la producción del inglés Justin Adams, cuyo conocimiento en música africana le llevó a trabajar con Robert Plant, cuando el ex - Led Zepellin recurrió a estas sonoridades.

Doce canciones que evocan episodios de lucha y momentos de esperanza, que conviven con baladas de amor, sobre las que Ibrahim expone su origen: "A veces me pregunto si no podríamos cantar historias soleadas y divertidas, pero lo veo complicado: toda nuestra poética Tuareg gira en torno al sufrimiento, la nostalgia y, desde luego, el orgullo".

Conformados por bajo, tres guitarras, percusiones, palmas y coros, han dedicado el sucesor de The Radio Tisdas Sessions (2000), debut que fue grabado con ayuda de energía solar en los estudios de la emisora, ubicada en Kidal, y que se logró tras que el grupo Lo´Jo, asentado en Francia, descubriera a la agrupación Tuareg, durante uno de los Festivales del Desierto, a la paz, la tolerancia y el desarrollo en el Sahara y en el mundo de los oprimidos. "La guerra es guerra y la música es música, no conviene confundirlas", reflexiona el cantante, “Mi carrera de soldado fue sólo un episodio de mi vida, pero ahora sé que la música es un arma mucho más efectiva. Cuando los hombres del desierto nos sublevamos, sólo se enteraron en Malí y Níger, además de algún intelectual y un puñado de periodistas franceses. Ahora el éxito de la música Tuareg nos permite enseñar al mundo que existe una ciudad llamada Kidal, al sur del Sahara, donde habita una de las civilizaciones más antiguas de la tierra".

Su discografía se completa con Amasakoul (2004), que les valió para presentar su música en directo por todo el mundo, en calidad de embajadores; ¿está el rock and roll preparado?, inquiría en portada la revista británica Songlines y por respuesta Aman Iman (World Village, 07) alcanzó el primer puesto en la lista europea de ritmos étnicos, gracias a canciones como “Cler Achel”, “Imidiwan Winakalin” y “Mano Dayak”.

Tinariwen es el desierto mismo. Reflejo sonoro de un horizonte infinito, del calor; blues arenoso que surge de entre las dunas; música impresionante y sentida que parece proceder de un tiempo y un mundo muy distinto: "A veces me deslumbran algunos edificios de Londres o la iluminación de los estudios centrales de la BBC, pero disto mucho de envidiar la civilización occidental. No entiendo el ritmo de vida que llevan ustedes, la velocidad a la que se mueven o el espacio tan escaso con el que se conforman. Me amoldo a lo que sea necesario mientras estoy trabajando, pero, cada vez que regreso a casa, comprendo que la libertad y quietud del desierto no tienen comparación con nada".

martes, 20 de mayo de 2008

La longitud de los telómeros ¿Sueña la memoria que el futuro tuvo un pasado?

EPÍLOGO I
Nadie supo encontrar explicación clínica alguna; se especuló en torno a los sustitutos alimenticios –esa dieta química en evolución imparable-, el stress causado por el ritmo de vida o bien alguna distorsión genética –involuntaria o no-, el caso fue que la acometida de lo que fue denominado alzheimer súbito prácticamente no pudo detenerse. Millones de personas progresivamente fueron perdiendo sus recuerdos, después su personalidad y por último sus instintos vitales. Pocos se percataron que la enfermedad se presentaba en las personas cada vez a una edad más temprana. La primera crisis global sobrevino cuando el sector poblacional afectado se encontraba entre los 28 y los 25 años de edad. El sistema productivo colapsó y los más jóvenes lo tomaron como una especie de revancha biológica, como si una revuelta de la naturaleza retomará ciertos preceptos punk acerca de desconfiar de los adultos, de su legado e ideología. Aquello de queremos el mundo y lo queremos ahora se les presentó inesperadamente, lo tuvieron en las manos y no supieron que hacer con ello, antes de que la enfermedad los alcanzara.

EPÍLOGO II
Tampoco fue posible una mayor explicación acerca del lapso en que la humanidad estuvo en tiempo suspendido, porque nadie pudo darse cuenta de ello. No más historia ni sentido del tiempo. Cuando los primeros comenzaron a re-funcionar o re-existir se debió a la instalación de una neuro-interfase, que a manera de loop permanente repite a cada individuo su nombre, profesión y datos generales. Se trata de un complemento del pensamiento natural que evita, o cuando menos, retrasa los efectos de la perdida súbita de memoria. De alguna manera quienes estaban vinculados con la nanobiotecnología fueron los primeros en recomenzar la existencia, tras un complejo proceso de revalorización de la memoria. La tarea inicial consistió en encontrar una razón para seguir adelante.

EPÍLOGO III
Hubo que comenzar desde un punto cero, ya que al estar en un presente continuo y carecer de una forma de recuperar el pasado volvía prácticamente inútil al futuro. Ninguno contaba con recuerdos y la memoria era un asunto de corto plazo. Cuando por razones de mejoramiento de software neuronal hubo necesidad de recurrir al pasado, los responsables del rescate de la información se dieron cuenta de que ningún aparato de almacenamiento de datos funcionaba. Los sistemas de preservación de la vida mantenían una sinergia operativa pero carecían de bancos de datos. No guardaban nada que no fuera imprescindible para su funcionamiento esencial. Tardaron en saber inicialmente en que tipo de sustratos se guardaba la información, pero cuando consiguieron tener una idea también vino la conclusión de que no era posible hacer funcionar a ese inmenso cúmulo de objetos inservibles e incluso en caso de que lo consiguieran, no había señales que hicieran suponer que los datos existieran y no se hubieran borrado.

EPÍLOGO IV
El principio de supervivencia y preservación de los nano-clones y bio-replicantes les obligó a trazar un mapa preciso de las zonas en que se podía circular. Debieron descartarse las regiones en que los desechos industriales y la basura se acumularon de tal manera que las regiones colapsaron. Los niveles de contaminación eran tan altos que aun los seres híbridos no podían resistirlos. Complementariamente, fueron descartados los lugares en que los insectos se habían establecido. Su gran capacidad de adaptación y resistencia facilitó su predominio en la mayoría de los espacios naturales. Al verse reducidos los territorios viables para la vida animal, los insectos habían establecido una supremacía, dejando sobrevivir a las especies que les eran útiles, exterminando a los enemigos y estableciendo un nuevo equilibrio ecológico, uno en el cual podían sacar provecho de los materiales radioactivos y otros químicos contaminantes.

EPÍLOGO V
Antes de salir a cualquier parte se requería mandar por delante a un centinela que pudiera medir los niveles de temperatura y realizar escaneos de otros factores potencialmente peligrosos. Conforme los modelos de centinelas se volvieron más resistentes a los ataques de los depredadores se pudieron ubicar sitios en los que existiese algún tipo de equipo del cuál –posiblemente- poder extraer material para reconstruir el pasado, aunque no se tuviera la certeza de qué tanto se requería volver atrás.

EPÍLOGO VI
Hans Movarec fue el encargado de colocarse el exoesqueleto para incursionar hasta lo pudieron definir como un centro de estudios. Los sobrevivientes especulaban acerca de la existencia de documentos no digitales donde se registraba todo tipo de información, llamados entonces libros. En caso de encontrar un acervo les sería de gran utilidad, aunque sabían de sobra que los alimentos escaseaban y era previsible que alguna especie de insectos hubiera hecho de aquellos materiales una fuente de energía. El enviado recorrió salones y laboratorios sin un hallazgo relevante. Las unidades biotecnológicas de memoria, que podían insertarse en el cuerpo, eran inseguras debido a la evolución de los nanovirus y sus sistemas de instalación eran ya disfuncionales para evitar cualquier riesgo. Eran anteriores a las biointerfases. Ningún viejo ordenador aportó algo relevante; era muy complicado incluso ponerlos en operación primero, y después ubicar un lenguaje compatible de decodificación. Fue por eso que Hans ni siquiera consideró viable revisar la enorme bodega que alguna vez sirvió de taller y que estaba atestada de metal, fibra y plástico. Sí hubiera realizado una caminata se habría topado con una lámina con la que se había forrado un estante de almacenamiento y que originalmente había sido una placa de impresión para un informe médico:

En la punta de los cromosomas de cualquier animal hay unos tapones protectores llamados telómeros. Sin ellos, nuestros cromosomas se volverían inestables. Cada vez que una célula se divide casi nunca copia completamente los telómeros, así que durante nuestra vida nuestros telómeros se acortan y acortan a medida que nuestras células se multiplican. A la larga, cuando quedan muy cortos, empezamos a ver enfermedades relacionadas con la edad: cáncer, Alzheimer, ataques del corazón, infartos, etc.

Sin embargo, los telómeros no sólo se acortan por el paso del tiempo. Mi teoría es que hay una diminuta pérdida de la longitud del telómero de una generación a otra, igual que sucede con el envejecimiento en el individuo. Durante miles de generaciones los telómeros se irán erosionando hasta niveles críticos. Entonces podríamos esperar irrupciones de enfermedades del envejecimiento en etapas jóvenes de nuestra vida, y finalmente una quiebra poblacional. La erosión de los telómeros podría explicar la desaparición de especies que aparentemente tenían éxito, como el Hombre de Neardental, sin necesidad de factores externos como el cambio climático.

Reinhard Stindl
Doctor en medicina de la Universidad de Viena

Devotchka: gitanos para una nueva era


El incisivo pensador francés Jean Baudrillard, quien describiera el asunto del 11 de septiembre como “el espectáculo aerostático más hermoso del mundo”, también ha señalado la superficialidad histórica de la sociedad norteamericana, que ante la necesidad imperiosa de crear raíces e iconos culturales recurre a la cinematografía hollywoodense, una permanente e imparable maquinaria generadora de héroes y personajes simbólicos.

Esta voraz “fábrica de sueños” explota constantemente el perfil épico de sus productos y pocas veces utiliza al séptimo arte como espejo para la autocrítica social, esa tarea se la dejan al medio independiente, que enfrenta dificultades de exhibición, por lo que llega a un público más limitado, pero aun así, prácticamente nada relevante que ocurra en torno a un filme destacado dejará de traer consecuencias en el plano colectivo. En esta más que eficiente versión de La sociedad del espectáculo todo está interconectado. Las sinapsis mediáticas son múltiples; por ello no es raro que las estrellas de radio tengan su biopic o que la música de una serie de televisión se convierta en disco de platino.

En este sentido, el éxito de Little Miss Sunshine, cinta dirigida en 2006 por Jonathan Dayton y Valerie Faris, apoyado en la obtención de dos premios Oscar (Mejor guión original, mejor actor de reparto), trajo consigo que una modesta banda de Denver, Colorado, dejará al público minoritario para pasar a tocar ante salas abarrotadas. La banda sonora (nominada también al Grammy), compuesta para acompañar el viaje de la excéntrica y disfuncional familia Hoover rumbo a California a bordo de una combi amarilla, valió para que Devotchka esparciera por doquier la sonoridad de su música gitana de última generación, una expresión que no desprecia al punk, el mariachi, las rancheras y algunos otros ritmos latinoamericanos.

Es indudable la fascinación que genera actualmente la música de los Balcanes y la Europa central, en este momento sus diversas variantes tienen a destacados representantes: desde la forma estruendosa y roquera de Gogol Bordello, la electrónica carnavalesca de Shantel y su Bucovina Club o Shukar Collective, hasta llegar al refinamiento lírico y musical de Goran Bregovic, Ljiljana Buttler, Beirut y The Hawk and The Hacksaw.

Ya no es determinante el lugar de residencia o la línea sanguínea para experimentar en carne propia la gitanería. Por ejemplo, los dos últimos proyectos mencionados son nativos de Nuevo México, mientras que los Bordello radican en Nueva York, aunque en el caso de Devotchka si existe un principio hereditario, pues su fundador, Nick Urata, es hijo de una siciliana y un gitano (que se casaron por contrato). El hombre aporta una parte importante del estilo del grupo pues no sólo canta sino que toca el bouzouki, instrumento de cuerda muy popular en el este y el sur de Europa.

Devotchka se completa con Tom Hagerman (acordeón, violín y piano), quien también es cofundador, y Jeanie Schroeder (voz, contrabajo y saxofón) y Shawn King (batería). Juntos han labrado una carrera que ya roza la década y se refleja en 4 discos: Super Melodrama (2000); Una Volta (2003); How it ends (2004) y el más reciente A mad and faithful telling.

El brebaje musical que preparan, y condimentan con el agregado de un sousaphone (una especie de tuba), es de alto octanaje y ha servido para embriagar también a colegas como M. Ward, Calexico y 16 Horsepower; todos impulsores generosos de su música, especialmente a partir de How it ends, que congració a la prensa con la opinión de otros músicos.

Pero no es sino gracias al impulso de Pequeña Miss Sunshine que Devotchka traspone el circuito underground. Urata y King, cantante y baterista, se remontan a sus primeras incursiones por tierras californianas: "La primera vez que fuimos a tocar a Los Ángeles apenas acudieron tres o cuatro personas. La siguiente nadie. Ahora no le tenemos miedo a nada, porque después del film hemos tenido que trasladar conciertos que íbamos a dar en sitios pequeños a otros recintos más grandes por la demanda del público".

Un cuento verdadero y de locura

Para su cuarta producción A mad and faithful telling fichan para el sello Anti (casa de Nick Cave, Neko Case y Antibalas), lo que quizá sea el cambio más notable, aunado a cierto sesgo hacia parajes sonoros un tanto más alegres y menos lóbregos con respecto de lo que venían haciendo. Instrumentalmente, A mad and faithful telling sigue contando con un violín virtuoso, quiebres constantes de ritmo y un acordeón que conduce al ensueño.

Devotchka hace patente que teniendo una actitud rock se puede hacer uso de la música eslava, el mariachi y la cíngara sin perder un ápice de soltura y frenesí; todo lo contrario, la poliritmia es esencial para el sonido de la banda, que en esta ocasión también recurren a cantar algunas frases en español, como ocurre en "Basso Profundo". En trabajos anteriores ya habían probado también con el francés.

El sucesor del ep Curse your little Heart (2006), en el que versionaban a Velvet Underground, Frank Sinatra y Siousxie and the Banshees, entre otros, surgió de un proceso de composición que no sufrió alteraciones. Primero se trabaja la música, para posteriormente vestirla con unas letras, que siguen el propio romanticismo de su naturaleza, según explica Nick Urata, quien preserva un gusto exquisito para crear melodías idílicas, como ocurre con “The clockwisse witness”, donde se muestran cercanos al sonido de Arcade Fire, por mucho una de las mejores bandas del rock del escenario contemporáneo.

Multi-instrumentistas todos, vierten su talento en temas como “Head honcho”, “Strizzalo”, “Blessing in disguise” y "Transliterator", en los que su arte traspone fronteras y tradiciones. Se deben a una actualidad en la que los distintos flujos culturales convergen y se funden en una música nómada que nos reivindica como especie. En el fondo, el planeta es nuestra verdadera patria y la cultura el único pasaporte válido y deseable.

Rachid Taha: renovador de la música árabe


“No cambiaré de nombre por culpa del camino. No cambiaré de camino por culpa de mi nombre”.

Durante los tiempos libres de trabajo en una fábrica del área de Lyon, un trío de hijos de emigrantes argelinos (Mohammed en guitarra, Moktar en el bajo y Rachid en la voz), formaron una agrupación cuyo mismo nombre era una cuestión de actitud política y social: Carte de Séjour (Permiso de residencia), que reflejaba el reclamo de plenos derechos como ciudadanos franceses de parte de jóvenes de segunda generación.

Comenzaban los años ochenta, época en que se incrementó la tensión entre la derecha radical, encabezada por Le Pen y el Frente Nacional, y todo tipo de etnias de expatriados. Como parte de su segundo álbum Deux et Demi, incluyeron un cover del clásico de Charles Trenet, “Douce France” con arreglos de música árabe, que les trajo cierta celebridad así como polémica hasta su separación en el 89.

Ese fue el momento en que Rachid Taha (1958), nacido en Argelia, en la ciudad costera de Oran, pero establecido en Francia cuando tenía 10 años, arrancó una carrera como solista, en la que buscaba plasmar la discriminación sufrida desde pequeño en la región de Alsacia, a adonde llegó con su familia.

Durante una entrevista para una revista española afirmó: “Si te llamas Mohammed o Rachid, es casi imposible que consigas un trabajo. También estás el último de la cola para que te alquilen una casa; quizá ni siquiera seas un candidato. Cuando buscas trabajo puedes tener un título académico superior a alguien de piel blanca y que prefieran a éste. Nosotros somos ciudadanos de segunda”.

Su debut fue nombrado Barbés, como un conocido barrio parisino habitado por inmigrantes musulmanes, pero su promoción se dio en el mismo año de la guerra del Golfo (91), por lo que prácticamente ninguna estación quería transmitir canciones en árabe.

Pese a ello, Rachid siguió grabando, primero Rachid Taha (93) y después Olé Olé (95), siempre con el inglés Steve Hillage, especialista en música de fusión y ex-guitarrista de
Gong, quien al acervo típico de sonidos del Magreb (norte de África) le sumó mariachis, acordeón de música cajún y evocaciones hindúes.

Taha se distingue por ser un renovador de la tradición musical árabe, debido primero a la influencia fundamental de The Clash, incluso transformó su “Rock the Casbah” en “Rock El Casbah” (incluida en “
Tékitoi” (04)), que le da a conocer en todo el mundo, y luego por sus acercamientos con los ritmos electrónicos, que se nutren también del trance, característico de los ritos ancestrales en conexión con lo musical.

Una de las canciones fundamentales para su trayectoria es la estilizada versión del clásico de Dahmane El Harrachi, “Ya Rayah'”, que venía en su segundo disco, pero que fue llevada al paroxismo durante el concierto de 1998 denominado 1, 2, 3 Soleils, grabado junto a otras figuras del rai como Cheb Khaled y Faudel, ante 15.000 personas en el estadio de Bercy, y del que existe también un Dvd y cuyo impacto en los procesos internos del mestizaje –según un especialista galo- sólo es comparable: “al triunfo de la selección de Zidane, Karembeu y compañía en el Mundial de Fútbol de 1998”.

De hecho, ha difundido otras composiciones claves en la historia del pueblo árabe mediante dos discos de versiones: Diwan (97) y
Diwan 2 (06), en las que no faltan nombres ilustres como lo de Oum Kalsoum y Mohamed Mazoumi, estrella de los años 70 del mundo islámico.

Poseedor de un directo impresionante, que ha mostrado en festivales como el d’Eté en Québec, el Womad y el Vive la World en Estados Unidos. Además de prender fuego al zócalo capitalino en 2004 (Festival Radikal mestizo), cantando en inglés, francés y árabe, y llenando el escenario con darbukas, laudes, percusiones diversas, sintes y secuenciadores.

El artista como agitador, como provocador de ideas y sentimientos. Que en espacios abiertos no toma la palabra sino que es tomado por ella. Que no vacila ni suele andarse por las ramas: “En gran parte del mundo árabe –además de otros problemas- no existe infraestructura cultural, ni cines, ni teatros ni nada. Los artistas sueñan con emigrar”.

Un espíritu indomable y artista sensible de férreas convicciones que le han valido para inspirar en su momento a Mano Negra y Zebda, y posteriormente al rap de combate de IAM o NTM. Aunque recientemente ha editado una nueva colección de grandes éxitos, su fiereza se concentra especialmente en Tékitoi? (04), que quiere decir ¿Quién eres tú?, donde cuestiona severamente al fundamentalismo religioso -islámico y neocristiano- por una parte, sin dejar de lado a la guerra y la violencia generada por la política. Se mantiene apegado a una postura elemental: “No cambiaré de nombre por culpa del camino. No cambiaré de camino por culpa de mi nombre”.

jueves, 1 de mayo de 2008

Los vaqueros adictos cabalgan de nuevo


De Cormac McCarthy (1933), autor de Meridiano de Sangre y una trilogía de la frontera, que comienza con Todos los hermosos caballos, se ha dicho que sus obras son: “verdaderas pinturas góticas del paisaje norteamericano”. Es un escritor huidizo que vive en el anonimato para crear personajes potentes y fascinantes, insertos en ambientes violentos y misteriosos. Hoy se ha vuelto popular debido a la versión cinematográfica de No es país para viejos.

Su literatura, reconocida con la Unión Americana con el National Book Award y el Pullitzer, está repleta de imágenes salvajes enmarcadas por el ocaso rojo y polvoriento de las praderas. Sin duda, se trata de una insuperable culminación del western contemporáneo, que tiene como esencia fundamental la proliferación de pasajes de epifanía y sacrificio.

Muchos de sus más destacados valores se hallan, traspolados de las letras a la música, a lo largo de la discografía de los Cowboy Junkies, una agrupación canadiense cuya célula madre son los hermanos Timmins, y que ahora están de vuelta a través de dos grabaciones: un disco de estudio inédito tras una pausa de dos años, At the End of Paths Taken; y un revisión de su obra maestra The Trinity Session (Pineacle,07), a veinte años de su aparición, grabada una vez más en tomas directas durante una sola noche desde la Iglesia de la Santísima Trinidad en Toronto, pero ahora con algunos invitados (Ryan Adams, Natalie Merchant, Vic Chesnutt y Jeff Bird) y un alud de experiencia acumulada como músicos, que se aprecia en el DVD, que incluye la grabación del disco y que viene en la misma presentación.

La pandilla que comanda Margo Timmins genera un volumen de rock inflamado de blues y country que, al igual que las novelas de McCarthy, constituyen una revelación de la existencia en estado puro y muestran la gran capacidad del ser humano para hacer frente al dolor y el sufrimiento.

Ya desde aquel disco inmortal como es The Trinity Session, que incluía recreaciones de Hank Williams (“I’m So Lonesome I Could Cry”), Waylon Jennings (“Dreaming My Dreams With You”), Patsy Cline (“Walking After Midnight”) más “Sweet Jane” de Velvet Underground, que les valió un inmediato reconocimiento unánime, desgranaban una música llena de temple e inspiración, abundante en imágenes sobrecogedoras y paisajes desolados, al estilo McCarthy, que después fue esparcida en placas como The Caution Horses (90), Black Eyed Man (92), Pale Sun, Crescent Moon (93) y Early 21st Century Blues (05).

A Cowboy Junkies les respalda una carrera de larga trayectoria y ritmo lento, en la que resulta difícil encontrar discos decepcionantes, más bien lo contrario, aunque At the End of Paths Taken (Zoe Records, 07) supone una apuesta más alta al respecto de sus antecedentes cercanos.

En cada nueva entrega nos encontramos con un Michael Timmins más seguro con sus textos, dado que sabe de sobra que musicalmente son capaces de desatar una forma libérrima de arte, tal como ocurre en “My Little Basquiat” y “Mountain”. Pone sus letras en la voz de Margo para que ella nos guíe a través del desasosiego, que impera desde el tema de apertura “Brand new World”, escrito en clave de madrugada: “4am. / dark reality/ Brand New World/ and my heart is missing”.

Estos vaqueros siguen siendo adictos a las historias de extravío y búsqueda, a los capítulos de redención, que en esta ocasión se orientan también hacia la figura paterna (“Follower 2”) y a especular qué es lo que se halla al final de la senda que vamos construyendo a través de nuestros actos y decisiones. Una interrogante que se entreve desde el título mismo.

Quizá la principal adición a lo que venían haciendo consista en la presencia de una sección de cuerdas y orquestaciones más sofisticadas, que agregan mayor dramatismo a piezas como “Blue Eyed Saviour” (“I think, “hope: the belief that loved ones will never die, I’ve never heard such nonsense, I’ve never heard such lies”) y “Still Lost” y “Cutting Board Blues” y la inclusión de coros (“My Only Guarantee”).

En suma, poseen talento y experiencia de sobra para seguir puliendo lo suyo: valses de porcelana, country trasnochado y blues mercenario; todos, ritmos narcóticos que maximizan el efecto de la profunda y curtida voz de Margo.

Desde hace más de veinte años, embrujan con su sonido brumoso, tempos pausados y un amplio rango emocional; música que estruja el corazón y nos invitada a cabalgar a lo largo y ancho de las praderas del alma humana, justo en la frontera entre el deseo y el desamor.

Hercules & Love Affair: El elegante renacimiento de la disco music


Cuando la música desata su poder liberador puede conducir a pasajes de plenitud total, a intensos momentos de catarsis. Lo mismo ocurre con el baile, un rito primigenio de desfogue en el que dejamos salir nuestros impulsos y la parte más high de las pasiones. Y digo high, como puedo decir groovy, o términos similares, que nos remonten hacia aquella euforia de los setenta más discotequeros, al tiempo del imperio del Estudio 54 y la súbita y efímera fama warholiana. En los que música y baile constituían el binomio fundamental para existir cotidianamente o llegar, cuando menos, a la fiebre de sábado por la noche.

Tales ideas desfilan por la mente, mientras el cuerpo se deja ir con “Blind”, el primer sencillo del proyecto llamado Hercules & Love Affair, en el que Andy Butler nos regala algunas de las mejores líneas de bajo de los últimos tiempos y convierte a Anthony Hegarty (líder de los Johnsons) en una rutilante diva de las pistas de baile, alejándolo de su imagen de taciturno personaje de la música obscura y doliente.

Butler es un productor, disc jockey y locutor de radio que con el tiempo ha venido jugando un papel estratégico en DFA, la disquera propiedad de James Murphy de LCD Soundsystem. Electrónica imparable que desde el corazón de la gran manzana musicaliza las noches de celebración dionisiaca del planeta entero. “Blind” es una eminente candidata a mejor rola dance de lo que va del año, quizá sólo sus colegas de sello, Hot chip, les rivalicen con “Ready for the floor”. Pero habrá que esperar lo que resuelvan y decreten los ejércitos de la danza y el éxtasis nocturno.

Andy ha devuelto el brillo y la emoción a la Disco music, como no lo había tenido en años. Gloria Gaynor y Donna Summer pueden dormir tranquilas, que hay quien siga dando lustre a su legado, un sonido que en gran medida fraguó Giorgio Moroder, homenajeado en términos prácticos y quizá involuntariamente con este disco, cuyo trabajo de producción es sobresaliente en cada aspecto, de las bases rítmicas al uso de cuerdas y violines.

No sólo la andrógina y poderosa voz de Anthony consigue reinventarse en los 4 temas a su cargo, el trabajo vocal también incluye aportaciones de Nomi (colaboradora de CocoRosie) y la también tornamesista Kim Ann Forman. Juntos se han abocado a descifrar en los espejos de una enorme bola de cristal un posible futuro para el dancefloor, una ruta con notable enfoque vintage. De aquella herencia travoltesca por una parte y funkytera de otra, han retomado el hedonismo y el desbordamiento de las pasiones.
Temas como “Hercules Theme” y “True False/Fake Real” hacen patente las buenas hechuras de Butler junto al otro mandón de DFA, Tim Goldsworthy, responsable del trabajo de producción, y quien con tanto conocimiento como melómano da una pátina al material para que nos remonte al sonido Filadelfia, a las composiciones de Arthur Russell y la línea estilística de una compañía como Ze Records (que editaba discos de Kid Creole & The Coconuts y compilaciones como Mutant Disco, entre otras lindezas).

Andrew Butler ha utilizado lo aprendido cuando ha trabajado remezclas para Goldfrapp y Feist, entre otros, para no perder elegancia y sofisticación, aun cuando las pretensiones de estas canciones no sean de corte intelectual, sino de festiva ligereza y que mostrarán en todo su esplendor en el próximo Festival Sónar 2008 en Barcelona (19 al 21 de junio).

Hercules & Love Affair nos recuerdan que todavía subsisten quienes han sido inoculados con el virus de la fiebre del disco y en cuyos delirios no cesan de repetir; ¡gracias a Dios es Viernes! La catarsis rítmica no se detiene, pretextos sobran para prolongar la fiesta interminable.

Diez años de Martinis rosados. Hey, Eugene!


No cabe duda de que las fiestas son una versión casera de un deporte extremo. Así como existe quien con actitud suicida busca contagiarse de Sida, los que escalan edificios públicos o se arrojan de sinuosas pendientes a bordo de una patineta, optar por el rol de anfitrión de una turba embravecida es una actividad de alto riesgo, que trae emparejada una maestría en manejo de desechos tóxicos, residuos orgánicos y terapia de grupo.

Pero si cuidar que el alcohol no se derrame, que la gente no vomite en sitios inadecuados y que no terminen por estrangularse los unos a los otros son variantes de esta práctica deportiva del tercer milenio, otra de sus estilizadas variantes complementarias es la de fungir como Dj improvisado, con el objetivo de conciliar gustos y expectativas divergentes y opuestas.
Si bien se requiere habilidad para hacer tabla rasa y satisfacer a la mayoría, en ello no se halla ningún encanto para un deportista radical; el verdadero riesgo viene cuando el pinchadiscos decide no complacer a la concurrencia y opta por confrontarla, por sacarla de sus parámetros convencionales; ese es el auténtico reto.

Nada mejor que arengar a los morraleros de la “hueva” trova con agitados y estridentes acordes punks; amenizar una reunión de judíos ortodoxos con música árabe o convertir tu sala en Chocolate City y poner pura música negra si es que se ha filtrado algún racista (uno no escoge a los colados). Pero en general, lo más probable es que predominen las huestes progres que esperan largas sesiones de rock actual, electrónica avanzada o un repaso por singles inapelables.
Pocas cosas se comparan al placer de tocar discos tirando a la contra. A un tipo de enorme cresta ofertarle minimal techno y a un entachado raver hacerlo imitar una guitarra de aire o rasgar pesados riffs metaleros. Desvirgar oídos castos con los rasposos cantos de Tom Waits o Corcobado. Al momento en que alguien anticipa la llegada de rolas de Paulina Rubia (un intelectual pedo, quizá) es muy disfrutable acometer con System of a down o Tool.

Cuando el asunto predecible sería apostar por el hype, es más divertido elegir algo que suene antiguo y que nada tenga que ver con el rock. Ese es el encanto que encuentro en una música tan demodé como la que toca Pink Martini, que puede volver guay a las bandas sonoras de las películas de Doris Day o Audrey Hepburn o colocar detrás de la barra de tu casa a toda una orquesta afoantillana tocando “¿Dónde estás, Yolanda?”.

Hemos crecido repudiando a Frank Pourcel, Glenn Miller, Paul Anka, Sinatra o a Fred Astaire bailando bajo la lluvia, pues todos ellos representan a una estética con la que poco o nada nos identificamos, pues nos refiere a familias felices o amargos pasajes biográficos en que nos obligaban a participar en los montajes escolares de El pájaro azul o El mago de Oz. El escenario parecería ser el de un comercial gringo de los años 50, en el que una lovely american family desayuna alegremente cereal.

Alguna vez un presidente mexicano prometió que cada ciudadano manejaría un Cadillac y que debíamos estar preparados para administrar la riqueza. Fue la ilusión de un pasado feliz, en que estaba de moda ser cosmopolita. Nada de eso se cumplió, pero no está de más recrear aquellas épocas con gran sentido del humor e ironía. Es parecido a la fascinación de ver una vieja película de ciencia ficción con decorados en cartón piedra o repasar la saga de luchadores, momias aztecas o charros contra gangsters.

Pink Martini nos permite crear una humorada en que somos sofisticados, bebemos exóticos licores y vestimos de etiqueta rigurosa (¿cuantos tenemos un smoking propio o más bien, cuantas veces hemos usado uno?). Por eso no resulta extraño que esta elegante y fantacista Big band, procedente de Portland, Oregón, haya tocado en la fiesta de inauguración, en octubre del 2003, del Teatro Disney, el platinado edificio creado por Frank Gehry. Es una extraña agrupación musical que ama la música del pasado y la toca en el presente, cuyo tipo de encanto puede ser descrito con una palabra que ya se usa muy poco: charmé.

Su tercer disco en diez años de existencia, Hey Eugene! (07), es ante todo un cocktail lingüístico, pues se las arreglan para cantar en italiano, árabe, japonés, ruso, español, francés, portugués y, por supuesto, inglés. Pasar por sus canciones es como hojear un viejo ejemplar de Time o Selecciones del Readers Digest.

Abre con “Everywhere”, un tema que inmediatamente nos remonta a los años dorados de Hollywood y desde esa perspectiva arranca el viaje cultural y cronológico, que alterna piezas ya existentes con nuevas composiciones, pero siempre apegándose a estructuras de época y su determinado sonido. Son brillantes ejemplos de sus buenos haceres: “Tempo perdido” y “Taya tan”, que sólo espera que Tarantino la haga suya.

El combo fue creado en 1994, por el pianista Thomas M. Lauderdale, nacido en 1970, hijo adoptivo de granjeros de Indiana y de genes asiáticos. Niño prodigio, comenzó a tocar el piano a los 6 años, después pasó por el conservatorio y la Universidad. De hecho se graduó con honores de Literatura e Historia en Harvard. Allí conoció a China Forbes, originaria de Massachusetts, quien cantaba arias de Puccini y Verdi con Lauderdale en las teclas. La pareja pasó por la escena de Broadway antes de formar al martini rosado.

Ambos organizaron a una oncena de músicos para que los acompañara, entre los que destaca el trombón de Robert Taylor, Paloma Griffin en el violín y las percusiones de Doug Smith, Brian Davis, Derek Rieth, Martin Zarzar y Thimothy Nishimoto. Además de cuatro elementos adicionales para presentarse en vivo.

La receta para preparar el Pink Martini: incluye algunas onzas de jazz, una buena carga de percusión latina y una pizca de música para cine de mediados del siglo pasado. Lauderdale tiene una idea muy peculiar de su quehacer artístico, ya que define su sonido como: “una mezcla entre una orquesta cubana de 1930, un conjunto clásico de música de cámara, una fanfarria brasileña y un film negro japonés”.

En un principio, Lauderdale y Forbes tenían la idea de que su escuadrón sólo sería invitado a festivales de activismo social y cultural, jamás esperaron el reconocimiento masivo ni las grandes ventas, hasta que fueron invitados al Festival de Cannes de fin de siglo, de donde desprendieron una extensa gira europea.

Además de tocar junto a orquestas sinfónicas, también fueron escogidos para la inauguración del Hotel Bellagio en Las Vegas y el del 100 aniversario de la William Morris Agency, junto a Al Green, en Los Angeles.

Hey Eugene prolonga una trayectoria que inició hace diez años con la publicación de Sympathique, que incluía el sencillo del mismo nombre y que le valió la atención de escuchas eclécticos. Cada disco suyo ve la luz con su propio sello, Heinz Records; sorprendentemente, su debut colocó casi un millón de copias y alcanzó discos de Oro y platino en Francia, Suiza, Turquía y Grecia. Siete años demoraron en editar una segunda entrega Hang on little tomato, que dedican principalmente a los temas propios, aunque de cualquier se alimentan de las formas añejas, por lo que incluyen “Anna (El Negro Zumbón)” de Vatro/Giordano y “Song of the Black Swan”, del brasileño Héctor Villa Lobos. Cantado en seis idiomas, a la postre vendió más de medio millón de placas.

Ciertamente su audiencia es de lo más heterodoxa como también lo es la gran calidad interpretativa de la banda, así como el excelso canto de China, un placer sofisticado y vintage, que los ha llevado a ser elegidos por disqueras como Putumayo para sus compilaciones, así como las del Buddha Bar y la teleserie The Sopranos.Hey Eugene son 12 temas no aptos para puristas, se burlan con elegancia de todo tipo de fundamentalismo. Lo suyo es un arte atemporal, realizado con humildad, ya que Laurderdale ha llegado a señalar: “Mi esperanza es crear un exquisito tapiz musical que pueda ser tocado en cualquier ocasión, desde música de fondo para un encuentro amoroso, hasta para pasar la aspiradora por tu casa.”

Kevin Johansen: El hombre con logotipo


Después de leer un libro como No logo de la canadiense Naomi Klein reafirmamos el convencimiento de que ni a las empresas y menos a los políticos les interesa buscar o propiciar el bienestar de las personas. El liberalismo económico se ha desbocado y concentra la riqueza en unas cuantas manos, para dejar con las ganas a las mayorías. Muy pocos pueden llegar hasta la punta de la pirámide, pero muchos más no gozan de aceptables condiciones de vida y sólo les queda la ilusión de que el uso de “marcas de prestigio” les brindará cierto estatus o reconocimiento (al menos por un momento).

Con el fino sentido del humor y la ironía que lo caracteriza, el argentino Kevin Johansen especula sobre la actualidad e intenta plasmar una instantánea del momento de superficialidad vertiginosa que estamos viviendo. Para el multiinstrumentista, hoy día existe una generación logotipizada, -muy logo, diría él-, simbolizada por el tipo que va por la calle luciendo en el frente de su gorra la flechita de Nike. Hay cantidad de gente que admira ciegamente a las marcas y lo que representan.

Johansen, quien nació en Alaska, vivió en California y durante dos años viajó por América y Europa presentando su anterior disco City Zen (04), ha plasma sus apreciaciones en un disco al que ha titulado precisamente Logo (Sony BMG, 07), dado que piensa que estos: “son una bella mentira, porque pueden ser hermosos, pero venden algo que en realidad es humano y por ende, imperfecto”.

Partió de la idea de que alguien dentro de 10 años escuche el disco y pueda hacerse una idea de lo que ocurría durante la primera década del siglo XXI. Lo que musicalmente se entiende como un trasvase de los géneros convencionales. Algo que expresaba desde el inició de su carrera, con el disco The Nada (01): “Mixture is the future” (el mestizaje es el futuro), pero que años más tarde cambió por la expresión “soy desgenerado”, con la idea de allanarse mayor libertad estilística, un poco como Beck, y asumirse en un compositor de canciones, en toda la amplitud del género.

Para Kevin ha sido importante desmarcarse de aquellos militantes radicales que alegan: “Si escucho rock, no hago cumbia; si hago pop, no escucho otros géneros”. Sin limitarse a un ritmo en particular para armar su discurso, Logo incluye sonoridades caribeñas, murga uruguaya y mucha milonga, forma musical con la que parece sentirse muy cómodo, pero tampoco desprecia la cumbia; de hecho, es uno de los elementos más fuertes del disco. En “Chica rolinga” cuenta la historia de una tipa que deja el rock por la onda charanguera. A través de sus cuidadosos arreglos y sus letras se despega el chiste barato; aquí el humor alterna con la reflexión y la reinterpretación de las convenciones y clichés. Todo ello forma parte de un proceso iniciado durante el 2000, en que percibió que los “fresas” argentinos se movieron hacia las cumbias: “Me interesó esa tendencia y fui varias veces a bailar a Metrópolis, a entender qué estaba pasando”.

Sin cortapisa alguna, ha optado por llamarse a si mismo como cantautor o cantaactor; ha logrado gozar de total libertad estilística, precisamente gracias a un total desapego a formatos establecidos; lo que es su marca registrada, su sello individual: saber manipular las fuentes, alterar su código genético sin traicionar la raíz original y obtener música nueva, impredecible y emocionante.

A lo largo del disco se aprecia tal maleabilidad sonora. “Ese lunar” nos acerca al flamenco a través de la voz de Amparo Sánchez, figura del mestizaje hispano al frente de Amparanoia. Luego saltamos hasta Brasil, donde Paulino Mosca hace de guía en “Por las ruas pelas calles” y llena nuestra travesía de energía roquera.

Otra invitada de primer orden es Andrea Echeverri, la lidereza de Aterciopelados, que se suma a “My love My love”, en la que destaca un juego de voces que contrapone inglés y español. Andrea siempre vivaz y Johansen parsimonioso, prudente y contenido.

El principal hallazgo de Kevin es una forma renovada de entender lo latino. Aporta nuevas señales de identidad a partir de reacomodar elementos tradicionales, como ocurre en “Fantasma de carnaval”. La exploración se prolonga tanto en “Road movie”, con todo y su guitarra acústica que nos recuerda a agrupaciones de folklore del tipo de Inti –Illimani, como en “Son del MP3” y su juego de flautas.

La incursión se enriquece con las aportaciones de otros colegas distinguidos: Albert Plá Dani Buira de La chilinga, y el excelente baterista de sesión Enrique “Zurdo” Roizner. Formando equipo o mancuerna pueden transitar por los corridos (“Amistad de borrachera”) o hacer tonadas de serenata (“Luna sobre Porto Alegre”) e incluso treparse a una pista de baile y discotequear con inteligencia (“Sos tan fashion”).

Humor irreverente y juegos de palabras que dan lustre a un collage de idiomas y de ideas que van de lo sensible a lo delirante, reflejando lo es también el mundo del arte. Por ejemplo, en la portada un zeppelín con su logo vuela en la portada y va en picada en la contra. Sobre este trabajo, realizado por el ilustrador Liniers (que también se encarga de la parte multimedia de los shows), Kevin acota: “Tanto el arte, como el concepto del disco y la canción Logo, juegan con múltiples significados. La canción es como en portuñol y repite “até logo”: “hasta luego”. De alguna manera, siento que estamos viviendo después del fin de mundo. El fin del mundo llegó y nosotros seguimos de largo”.

ESCRITOR HIDALGUENSE EN COMPILACIÓN DE POESÍA HISPANOAMERICANA, EDITADA EN ESPAÑA

Nueva poesía Hispanoamericana es el título de una compilación que reúne a exponentes de la poesía procedentes de España, Latinoamérica y residentes latinos en Estados Unidos. En este volumen, destaca la presencia de la obra del poeta hidalguense Juan Carlos Hidalgo.
Publicado en España por Lord Byron ediciones, este sello editorial, fundado en 2003 por el escritor peruano Leo Zelada, junto a otros creadores, tiene como objetivo central difundir la literatura hispanoamericana que se hace actualmente en Iberoamérica.

Fruto de esta intensa labor es que esa editorial se ha posicionado a través de redes de poetas, medios de comunicación impresos y virtuales en el mundo literario internacional, siendo su publicación más emblemática la antología Nueva Poesía Hispanoamericana, que en enero de 2008 recién acaba de publicar la vigésima edición, donde aparece el escritor hidalguense, también colaborador de El ángel, suplemento cultural del Diario Reforma, La revista La mosca, Marvin Magazine y autor de Loop Traicionero.

Fue a través de una invitación extendida por la editorial Lord Byron, a través del editor peruano residente en España, que Hidalgo decidió participar, como lo ha hecho en Conspiración caramelo, 6 poetas de la ciudad los vientos y Hombres en Corto. En el libro aparecen dos de sus poemas Yacuzá-Yacuzá y Eclipse.

El mérito del escritor pachuqueño es el alternar entre gente importante de la poesía hispanoamericana, como Antonio Cisneros, Salomón Valderrama y Carmen María Camacho, hecho consignado por el diario chileno El Mostrador.

Aunque la vigésima edición convocaba principalmente a escritores a presentar sus creaciones relativas a las culturas indígenas, tanto europeas como americanas, el poeta oriundo de Pachuca decidió participar en un apartado cuyas temática era libre, siendo de las pocas excepciones en que creadores fueron incluidos sin haberse referido a la temática principal. No obstante, su poema Yacuzá-Yacuzá, aunque es una paráfrasis que alude a una canción popular utilizada por el artista plástico Enrique Garnica en una de sus piezas, Hidalgo la utilizó con una cierta alusión tribal y primoigenia. Estas obras forman parte del libro Suave como el peligro, de próxima aparición.

La editorial que publica esta compilación considera que la literatura escrita en castellano es de las más importantes del mundo, por su variedad estilística y aventura formal. En este volumen, buscaba ir más allá de los linderos de la postmodernidad, presentando al público a los nuevos poetas de la lengua española, quienes se harán responsables de desafiar al tiempo y mantener vigente nuestra valiosa tradición literaria.

Muchos de los autores compilados en esta antología poseen un amplio reconocimiento literario en sus países de origen y varios han logrado abrirse paso a través de las fronteras, otros son sólo solitarios guerreros de la palabra. Todas estas voces expresan cabalmente el nuevo mosaico en el cual se desenvuelven los derroteros de la poesía escrita en nuestro idioma para el siglo XXI.
La editorial española no solo edita libros de poetas, sino que se encarga también de la difusión de la obra del editor. Hasta ahora ha publicado también a poetas como el mexicano José Martín Hurtado Gálvez y el español Oswaldo Roses, así como las antologías de Poesía Española Contemporánea y Nueva Poesía Mexicana.

Nueva poesía Hispanoamericana actualmente está a la venta en España, México y Perú.
ContactoTel.044 771 19 90 216circozonico@hotmail.com

El Guincho: fiesta y psicodelia; primitivo y moderno


No cabe duda que el lugar en donde creces influye de manera notable en lo que has de ser el resto de tu vida; hasta podría decirse que “geografía es destino”. No es lo mismo nacer en Chechenia o Sumatra que en Inglaterra, por ejemplo. El caso es que Pablo Díaz-Reixa creció en las Islas Canarias, esas ínsulas que conectan al sur de Europa con África; además, por ser una especie de edén para una vida de total relax, en sus alrededores se instalan personas de muchos países a los cuales se busca alagar con una gran oferta cultural, que incluye mucha y variada música. Por si no fuera suficiente el entorno, los padres de Pablo eran melómanos empedernidos, cuya pasión se volcaba por el folklore planetario; su hogar hacía las veces de almanaque sonoro para un chico que creció sin darle importancia a las fronteras, ni físicas ni ideológicas.

Miembro de las bandas barcelonesas Coconot y Albaialeix, Pablo da cuenta de sus años mozos: “Yo soy de Gran Canaria. Cuando eres niño sueles escuchar lo de tus padres hasta la adolescencia, cuando te rebelas y te metes en otra música. En mí había música latinoamericana a saco: me sé los discos de Rubén Blades de memoria. También había música canaria, por supuesto. Además, venía el Womad con muchos grupos africanos. Claro que luego descubrí el indie y a Nirvana, pero para mí era mucho más difícil acceder a esos discos. En mi casa había álbumes del sello Syliphone, y los escuché antes de comprarme un disco de Pavement”.

Luego vino el viaje de su vida y terminó por instalarse en Cataluña, donde además de tocar con sus otras bandas editó un primer disco, Folías, que quemaba personalmente y que todavía dependía de las guitarras, hasta que un buen día se compró el sampler Roland SP-404 y la historia cambió.

Con tal arsenal de vinilos montó un carnaval galáctico de enormes proporciones. En Alegranza, su segunda entrega, hay tropicalia, calipso, afrobeat, freejazz y música antillana, pero nunca en estado puro; todo esta sampleado, cortado y procesado para que mute su naturaleza y renazca transformado. El resultado es una fiesta psicodélica que no deja de chispear, cuya referencia más fuerte se encuentra en Person Pitch, el proyecto solista de Panda Bear, miembro de Animal Collective, ese escuadrón nómada que no ha recibido en nuestro país el reconocimiento merecido, pero que marca la pauta de la vanguardia más delirante.

Mezclas casi imposibles, ritmos quebrados que abandonan el 4 x 4; un mosaico surrealista en el que cabe Tom Ze, sonidos de Trinidad y Tobago y hasta folklore canario, han valido para que este disco obtuviera el reconocimiento internacional que en años no había alcanzado un disco español de música avanzada. Nada menos que Pitchfork, Drowned in Sound y Stereogum lo ensalzan y recomiendan dado su visionario sonido, que en una pieza como “Kalise”, pone a temblar incluso a gente de la talla de M.I.A., según estos portales especializados.

Nativo de Las Palmas, y admirador de Lex Baxter, Martin Denny y Esquivel, los santones del Space Age Pop, también llamado Exótica, quiso hacer un álbum lleno de capas y capas de sonidos, paneos extremos, ecualización extraña y la voz fundida con el resto, aunque se entienda o no lo que se dice. La grabación se realizó en su departamento del barrio del Raval en Barcelona, donde con su amigo Sergio (también Canario), miembro de Anticonceptivas y Telemáticos, amasaron los temas, que fueron y vinieron de su tierra hasta tomar su forma definitiva.

El guincho atravesaba un momento muy feliz en su vida y buscó plasmarlo en este material, que es pura candela; suena tribal y vanguardista a la vez. De fondo, su concepto se entiende como un homenaje a la música que se produce en todas las islas del planeta: “Llevaba poco más de un año estudiando por mi cuenta las músicas que se han dado en las islas alrededor del mundo y viendo cómo se podían conjuntar todas a partir de una coincidencia en las tonalidades mayores.

También la forma que toman las canciones de celebración en esos territorios, una cosa que me resultaba muy curiosa porque en su mayoría se tratan de pueblos con un pasado colonial muy fuerte, pero que habían enfocado su música de reunión hacia la fiesta y la alegría , no tanto hacia la pena. Éste fue el punto de partida, al que luego le sumé un método de mezclar sampleos con instrumentos acústicos en el que me metí gracias a los discos de J. Dilla”.

Alegranza (Discoteca Océano, 07) contiene un poco la pátina del calypso, algo de rock steady e incluso doo woop y pop africano, que coinciden en piezas que no tienen estrofas ni estribillos, se dejan ir de corrido como si de ambient o house se tratase. Se recurre a la repetición constante, a estructuras simétricas que se van subdividiendo y acelerando. “Costa Paraíso” y “Antillas” son dos temas poderosos, que lujosamente ejemplifican esta propuesta, ideal para ritos posmodernos.

Un disco que se vende apenas en 7.5 euros, en un intento porque la mayor cantidad posible de gente lo conozca, dejando al lucro en un segundo plano. Además, en el blog de la disquera aparecen todos los samplers que lo conforman, así los escuchas pueden conocer las fuentes sin ningún tipo de ego o envidia. Por eso cuando la prensa ha insistido en ubicarlo junto a Panda Bear, Avalanches o Disco Inferno, no se molesta en ampliar su postura: “Creo que todas las comparaciones que están saliendo, se refieren más a una similitud en el método y quizá no tanto en el fondo. En otras palabras, que usamos herramientas parecidas pero cada uno para un propósito distinto. Me parece que el disco de Panda Bear es mucho más delicado. Los beats están diluidos y emana una sensación de tranquilidad dentro de todo. En Alegranza los ritmos son bastante más fuertes, tiene un componente de baile/celebración muy pronunciado y salvo en un apunte muy pequeño no hay nada en tonalidad menor. Los sampleados vienen de otros lugares del planeta, cubren diferentes tradiciones y la producción en términos de cómo se reparten los sonidos en el espacio también dista bastante”.

9 tracks de gran inspiración bizarra; un enorme arco iris que pinta multicolor al mundo. Breve, festivo y arriesgado. Tal como Ramón entiende la relación entre vida y música: “tú música es un reflejo de tu vida siempre. Y más en proyectos individuales. Si no hay peligro en tu vida no puede haberlo en tu música. Puedes generar un peligro de mentira, pero creo que esas cosas se notan. En períodos de paz, al menos en mi casa, he tirado más hacia el pop. Lo digo porque no es que haya hecho siempre pop. Ahora tengo ganas de cantar y de bailar. Entra luz por la ventana y se trata de eso. Capturar esa luz e intentar guardar un poco para las canciones, conservarlas ahí dentro, en 3 minutos”.